1. La Psicología

1. Los orígenes: la Psicología filosófica

La Psicología es la ciencia que estudia el comportamiento humano. Aunque esta definición suele aceptarse de manera generalizada, lo que se ha entendido como “Psicología” a lo largo de la historia de la filosofía y de la ciencia ha ido variando considerablemente. El origen etimológico de la palabra “psicología” está en la voz griega  psique, que significa “alma”, y logos que significa conocimiento racional.

El origen de la Psicología se remonta a los comienzos del pensamiento racional en el mundo griego, allá por los siglos VI y V antes de Cristo. La Psicología era aquella parte de la filosofía que indagaba sobre la naturaleza del alma, su composición y sus funciones. La voz griega psique posiblemente haya tenido un origen onomatopéyico, relacionado con el sonido que el alma produciría al escaparse por la boca del moribundo, como si se tratase de un fluido o un gas que al abandonar el cuerpo produce su muerte. De hecho aún le damos al término “expirar” los dos significados: despedir aire por la boca, y también el acto de morir.

Para Platón, filósofo griego del S. V a. C., en el alma residía la auténtica naturaleza humana. Se trataba de una sustancia espiritual y eterna que en el momento del nacimiento de un individuo había caído prisionera en un cuerpo material, y que finalmente se liberaría de esta prisión en el momento de la muerte. Por considerar al ser humano como un compuesto de dos sustancias radicalmente diferentes y opuestas se dice que su psicología  es dualista.

Platón también afirmaba que el alma, al caer prisionera en el cuerpo se había dividido en tres: racional, irascible y concupiscible. La primera es la de mayor jerarquía y nobleza y en ella residen las funciones intelectuales; su ubicación en el cuerpo es la cabeza. La segunda es el asiento de los impulsos, la voluntad y el coraje; está situada en el pecho. La tercera es donde residen los apetitos relacionados con las necesidades materiales, y se sitúa en el bajo vientre.

Para los griegos en general, el alma era el principio de la vida, es decir, la causa de que una sustancia material pudiera moverse por sí misma. Aristóteles, discípulo de Platón, afirmaba que el alma era la forma del cuerpo, es decir, aquello que le daba la vida y determinaba su esencia. Como principio de vida, para Aristóteles todos los seres vivos tienen diferentes tipos de alma: vegetativa los vegetales, sensitiva los animales y racional los seres humanos. El alma humana reúne las tres funciones, y realiza plenamente su potencialidad como alma humana en la medida que consigue el predominio de la racionalidad sobre las otras partes.

2. El nacimiento de las ciencias experimentales

Como podemos ver la Psicología es muy antigua, al menos como disciplina que reflexiona de manera racional sobre las incógnitas que pudo presentar la naturaleza humana. En este sentido se puede decir que tuvo su origen en la Filosofía y que es prácticamente tan antigua como ésta. Sin embargo la Psicología entendida como una ciencia que responda en alguna medida al modelo científico experimental moderno ha de ser considerada como una disciplina sumamente joven: no alcanza a tener dos siglos de antigüedad.

Más de veintitrés siglos después del nacimiento de la Filosofía una serie de pensadores e investigadores, tales como Copérnico, Galileo o Kepler, con sus descubrimientos y la aplicación de nuevos métodos de investigación dieron un vuelco radical a la manera de concebir el mundo y de explicar los fenómenos físicos. Fue la llamada Revolución Científica (S. XVII), durante la cual se produjo el nacimiento de las ciencias modernas, representadas especialmente por aquellas disciplinas, tales como la Astronomía y la Física, que comenzaron a aplicar un método propio, alejado de las especulaciones filosóficas y basadas en la experimentación y el cálculo matemático.

Tendrá que pasar mucho tiempo más hasta que las llamadas Ciencias Humanas se separen de la Filosofía e intenten desarrollar un método de investigación propio. De hecho, tal como veremos un poco más adelante, se suele establecer el nacimiento de la Psicología como ciencia experimental en el año 1879  cuando Wundt, científico alemán, fundó en Leipzig el primer laboratorio de psicología experimental.

Volviendo al siglo XVII, el filósofo francés René Descartes, considerado el padre de la filosofía moderna, deduce de manera racional la existencia del sujeto humano a partir de concebirlo como “sujeto pensante”. Los humanos no podemos dudar de nuestra propia existencia porque resulta evidente que estamos pensando (la duda también es un pensamiento), y si pensamos quiere decir que existimos (“cógito ergo sum”: pienso, luego existo). Descartes tuvo una concepción dualista de la naturaleza humana, de alguna forma heredera del dualismo platónico: los individuos humanos están compuestos por dos sustancias, una extensa, el cuerpo, determinada por las leyes causales del mundo físico, y otra sustancia pensante o espiritual que es la que conduce nuestras acciones y a la que podemos identificar como alma.

En Descartes se da una curiosa ambivalencia. El cuerpo, parte del individuo humano donde se realizan todos los comportamientos involuntarios (reflejos, conductas instintivas, procesos fisiológicos), puede ser estudiado y explicado de acuerdo a las exigencias de la ciencia moderna (observación, experimentación, determinación de regularidades o de leyes). En cambio, el alma, reducto íntimo de nuestra conciencia y de nuestras decisiones, no puede ser considerada objeto de conocimiento científico, aunque sí de reflexión filosófica. Aunque estemos en pleno auge de las nuevas ciencias experimentales, el alma continúa siendo para Descartes una entidad metafísica (una realidad sustancial que está más allá de los fenómenos que pueden ser captados empíricamente).

Quienes pondrán las bases para una concepción no metafísica de la psicología, y acortarán el camino hacia su reconocimiento como ciencia serán los filósofos empiristas ingleses, Locke (1632 – 1704) y Hume (1711 – 1776). Para estos pensadores el único conocimiento válido es aquel que procede de la experiencia sensible, y por tanto no es posible afirmar la existencia de una sustancia espiritual o alma, agente de nuestra actividad mental. Es a partir del empirismo que comienza a darse un cambio fundamental en la concepción que hasta entonces se tenía del objeto de estudio de la Psicología. La idea de “alma” queda relegada al campo de la especulación metafísica o religiosa, y comienza a ser sustituida por las ideas de “mente”, y más tarde de “psiquismo”.

3. La psicología como ciencia

No es de extrañar que el nacimiento de la psicología científica se haya producido en el campo de la fisiología, es decir, priorizando el estudio de las respuestas del cuerpo humano ante determinados estímulos físicos. Fenómenos que pueden ser observados y medidos. La infancia de la psicología como ciencia, un tanto arbitrariamente, se podría señalar entre la fundación del primer laboratorio de psicología por parte de Wundt en 1879 hasta principios del siglo XX, cuando comenzarán a desarrollarse tres corrientes que podrían representar la etapa juvenil de nuestra ciencia: el “Conductismo” (Behaviorismo), la “Teoría de la forma” (Gestalttheorie) y el “Psicoanálisis”. Las profundas transformaciones sociales y culturales que se producen en Europa después de las dos guerras mundiales serán el contexto histórico para el desarrollo de las corrientes psicológicas vigentes en la actualidad, las cuales ofrecen en parte perspectivas nuevas y en parte reformulaciones de las ya propuestas por las escuelas anteriores.

3.1 La Psicología experimental

En 1843, el filósofo inglés Stuart Mill, en su Sistema de Ló­gica, propone la independencia de la Psicología. La nueva ciencia debe abandonar el terreno de los principios a priori y entrar de lleno en el campo de la observación y la expe­rimentación. El médico alemán W. Wundt (1832 – 1920), continuando esta idea, fundó en 1879 el primer labora­torio psicológico.

La importancia de la obra de Wundt reside fundamental­mente en dos hechos: por un lado puede considerarse corno una síntesis de los avances de la incipiente psicología de la época; y por otro, su introspeccionismo y su elementalis­mo serán las bases sobre las que se edificarán, en reacción crítica, las diferentes escuelas posteriores.

3.2  El Conductismo

Influyeron decisivamente en el nacimiento de la psicología de la conducta los descubrimientos realizados por el ruso Pavlov (1849-1939) sobre los reflejos condicionados. Este investigador, experimentando sobre todo con perros, descu­brió que la salivación que producía en ellos la vista de la car­ne podía ser producida también por una señal que hubiese aparecido, durante un cierto tiempo, simultáneamente con el alimento. Al cabo de un tiempo de aprendizaje, el perro respondía de la misma forma a un sonido o a una luz deter­minada que al estímulo primitivo. Aparecía por lo tanto en el animal un reflejo condicionado.

Tomando como punto de partida tales experimentos, J. B. Watson (1878-1958) publicó en 1913 un manifiesto psicológico en el que declaraba que la psicología debía atener­se al estudio de las reacciones objetivamente observables que un organismo ejecuta en respuesta a los estímulos, igual-mente observables, del medio.

La gran innovación del beha­viorismo o conductismo, en reacción con la psicología wund­tiana, era la total desconfianza respecto de la introspección. Esta es, en efecto, justamente lo contrario del método obje­tivo: por un lado, la experiencia interna es algo prácticamen­te incomunicable, subjetivo y recusable por otro individuo que no participe en ella; por otro, hace imposible la intro­ducción de cualquier medida y, por consiguiente, la aplica­ción de un análisis preciso.

Watson quiere fundar una psicología objetiva, basada en la experimentación y en lo exteriormente observable, es de­cir, la conducta. Así pues, emprenderá el análisis de la conducta con la intención de reducirla a un puro juego de condicionamientos basados en el mecanismo del estímulo-respuesta. El papel del aprendizaje y de los hábitos será fun­damental en la explicación de la conducta humana y Watson reducirá la influencia de los factores innatos a su mínima ex­presión para privilegiar el papel del medio.

3.3  La Psicología de la Forma

Así como el behaviorismo había basado su originalidad en la negación de uno de los elementos de la psicología de Wundt -el introspeccionismo-, otra escuela encontró su punto de partida en la crítica de otro aspecto: el elementalismo. El gestaltismo representa la superación de la vieja tradición psicológica de explicar los fenómenos complejos mediante su reducción a elementos simples. Tradición que había sido recogida íntegramente por el behaviorismo, en contra del cual se afirmará la psicología de la forma.

Ya en 1890 un vienés, Von Ehrenfels (1859-1932), se había dado cuenta de que las cualidades de una figura se añadían a las de los elementos que la formaban. Varios años más tarde, Wertheimer (1880-1943), en colaboración con Koffka (188&1941) y Köhler (1887-1967), continúan el estudio de la percepción por el mismo camino que su predecesor y van más lejos que él. Oponiéndose resueltamente al elementalismo, afirman que un conjunto, una figura o una totalidad son otra cosa que la suma de sus partes. Es más, la forma condiciona esos elementos en el sentido de que son diferentes según se tomen aislados o como partes del conjunto. Asimismo, basta cambiar uno de los elementos de una totalidad para que su estructura sea modificada y, con ello, el papel de las demás partes del conjunto. Basta cambiar una nota para que cambie una melodía, ya que ésta no es la simple adición de notas, sino una estructura de relaciones entre las mismas. Igualmente, basta organizar las notas de una forma diferente para que aparezcan melodías diversas. Nuestras percepciones no se nos presentan como sumas de estímulos elementales (al modo behaviorista), sino con un aspecto de totalidad. No ocurre, por ejemplo, que primero aparezca una multitud de sensaciones visuales de formas y colores, y que luego deduzcamos que se trata de un amigo que se acerca. Del mismo modo, no podemos ver las figuras sin verlas sobre un fondo. Es imposible separar esos elementos en el estudio de la percepción (ni tampoco en la propia percepción).

Según los gestaltistas, siempre vemos el mundo organizado de acuerdo con ciertas estructuras o «formas de ver». Para el hambriento, por ejemplo, el campo de percepción se organiza de una manera distinta que para el que ha comido; el soldado que busca un refugio en el campo, ve el paisaje de una forma diferente que el esteta.

Las aplicaciones del modo de ver de los gestaltistas han sido innumerables. En pedagogía, por ejemplo, la enseñanza ya no se entiende como una simple yuxtaposición de disciplinas. En psicopatología ha mostrado que para determinar las enfermedades era más importante saber organizar los síntomas en una estructura que fuese significativa -un síndrome-, que hacer una simple enumeración de datos.

Asimismo, es notable la influencia que ha tenido en la formación de la psicología social, ya que ha puesto particularmente de relieve la influencia del medio en un individuo y, sobre todo, la estructura de las relaciones en las que se encuentra viviendo. Los grupos sociales pueden comportarse como las melodías: cuando se les quita un individuo, su estructura varía considerablemente.

3.4  El Psicoanálisis

Sigmund Freud (1856-1939), médico originario de Viena, es el creador del psicoanálisis, uno de los sistemas psicológicos que más han arraigado en nuestra cultura, teniendo una fuerte influencia en el arte, el cine e, incluso, en el lenguaje cotidiano. En la actualidad se cuestiona la base científica del psicoanálisis, no obstante su gran trascendencia cultural y la influencia que tendrá en la psicología de años posteriores, ya es motivo suficiente para su estudio detallado.

El interés de Freud por la neuropatología le llevó a estudiar la histeria y la neurosis, y a buscar sus orígenes psicológicos. Estas investigaciones tuvieron su punto de partida en las clases del psicólogo francés Charcot que aplicaba la hipnosis como método terapéutica para tratar a enfermos de histeria.

Freud se opuso a la consideración tradicional de la mente humana que desde los antiguos filósofos griegos hasta Descartes la habían entendido exclusivamente como racionalidad consciente. Su aportación fundamental fue proponer la existencia de una realidad psíquica inconsciente y considerar que la personalidad estaba determinada por instintos o pulsiones reprimidos.

Esta base inconsciente del psiquismo humano es inalcanzable para la conciencia pero, no obstante, consigue expresarse de manera encubierta a través de una serie de manifestaciones tales como los lapsus (por ejemplo, no recordar el nombre de una persona o confundir su nombre), los actos fallidos (perder las llaves de casa o ir al comedor y no saber a qué), los contenidos de los sueños y las fantasías, y también los síntomas de las enfermedades nerviosas. Esto último le llevó a afirmar una curiosa teoría sobre el origen común de muchas manifestaciones habituales en la vida cotidiana y los trastornos psíquicos. Esta continuidad entre la normalidad y la patología psíquica queda reflejada en el título de una de sus obras: “La psicopatología de la vida cotidiana”.

Aparte de su teoría sobre el inconsciente la obra de Freud destaca por la propuesta de un método clínico llamado “psicoanálisis”. Este método terapéutico consiste en la exploración que realiza el paciente en su historia inconsciente mediante la ayuda del psicoanalista, el cual promueve la asociación libre de ideas y la interpretación de las manifestaciones del inconsciente tales como los sueños, actos fallidos y lapsus.

Otra aportación fundamental de Freud fue la de iniciar la utilización de la experiencia clínica como método de investigación psicológica.

4. Perspectivas actuales

El panorama actual de la psicología es sumamente diverso y complejo. Según veremos un poco más adelante, pareciera que la tendencia es poner el énfasis en las diferencias según sus aplicaciones (psicología educativa, organizacional o clínica) más que en las diferentes escuelas. En cada una de estos ámbitos de aplicación tendería a darse un cierto eclecticismo al confluir aportaciones de las diferentes corrientes o movimientos que se desarrollaron a lo largo del último siglo.

De todas formas podemos destacar por su extensión y reconocimiento a dos escuelas o corrientes que surgieron a partir de los años 60: la psicología humanista y la psicología cognitiva.

4.1 La psicología humanista

Surge durante las décadas cincuenta y sesenta del silgo XX, y expresa un rechazo a las dos psicologías dominantes hasta ese momento: el conductismo y el psicoanálisis, por considerar que estas corrientes psicológicas ofrecen una visión deshumanizada del ser humano a través de teorías reduccionistas y deterministas. La psicología humanista se presentará como “tercera fuerza”. Este tipo de psicología presenta una gran variedad de representantes, por lo que es más apropiado hablar de un movimiento que de una escuela. En sus orígenes influyeron factores sociales y culturales tales como el desánimo y desasosiego tras la Segunda Guerra Mundial, la amenaza atómica, la guerra fría y la insatisfacción social. Sus representantes más destacados fueron: William James, Gordon Allport, Abraham Maslow, Carl Rogers, Ludwig Bingswanger, Medar Boss, Rollo May, Victor Frankl, Eric Fromm, Ronald Laing.

Los postulados básicos de la psicología humanista contienen una determinada concepción del hombre:

  • El individuo es más que la suma de partes, características o aspectos parciales, es un todo indivisible en relación con el medio (visión holística)
  • Construye su propia existencia en un contexto humano
  • Es un ser consciente con capacidad de decidir sobre su propia vida

Además los integrantes del movimiento comparten:

  • El afán por centrarse en la persona, su experiencia interior, el significado que la persona da a sus experiencias.
  • La enfatización de las características distintivas y específicamente humanas: decisión, creatividad, autorrealización, etc.
  • El mantenimiento del criterio de significación intrínseca en la selección de problemas a investigar, en contra de un valor inspirado únicamente en el valor de la objetividad.
  • El compromiso con el valor de la dignidad humana e interés en el desarrollo pleno del potencial inherente a cada persona; es central la persona tal como se descubre a sí misma y en relación con las restantes personas y grupos sociales.

4.2 La psicología cognitiva

El conductismo y su sensorialismo reduccionista, no podían dar cuenta de las complejidades de las conductas humanas. La psicología cognitiva, estudia entonces los fenómenos mentales y los ubica como agentes causantes de la conducta humana.

En la actualidad, está asociada a disciplinas como la inteligencia artificial, el tratamiento de la información, la ciencia del lenguaje.

Bartlet habla de memoria como construcción, rechazando el tradicional concepto de memoria como depósito. Lo que implica que la memoria clasifica y reorganiza la información. A medida que se amplía la experiencia, se modifican los esquemas y por tanto, la manera en que la memoria reconstruye dicha información.

En los años sesenta, sobre todo ligado al auge de la computación, la psicología se vuelve cognitiva y se ve al hombre como “procesador activo de la información” (Neisser, 1967).

Las terapias cognitivas son terapias breves, estructuradas, orientadas a “problemas” concretos. Por lo general se trabaja sobre pedidos o demandas específicas, y no se pretende entender la situación global antes de orientar el comportamiento. Se realizan con activa participación y colaboración entre el paciente y su terapeuta. Para la Psicología Cognitiva, los procesos cognitivos son el centro de la sintomatología, es decir, lo que pienso sobre algo es seguramente lo que está detrás de mis síntomas. Analiza las interacciones entre cognición y emoción, y entre esta interacción y el comportamiento observable dentro de un sistema en el cual se desarrolla.


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NOTA: Para la redacción de esta unidad se ha tomado como base la siguiente fuente:  García Peyán, C. (1982) Psicología, hoy, Cap. 1, Barcelona: Ed. Teide.

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