8. Pensamiento y lenguaje

1. ¿Qué es el pensamiento?

Entender los procesos psíquicos como entidades separadas seguramente no se corresponde con la realidad del psiquismo humano, que se caracteriza por su unidad, dinamismo continuado e interrelación entre todas sus funciones. Sin embargo, a los efectos de su estudio parece que no queda más remedio que realizar un esfuerzo analítico y “trocear” la mente humana en sectores diferenciados, cuando en realidad no lo son tanto. Es así como hablamos de sensaciones, percepciones, atención, conciencia, memoria; y ahora toca referirnos al pensamiento. ¿Qué diferencia hay entre el pensamiento y la conciencia o la mente? ¿Cuándo pensamos no nos estamos representando imágenes obtenidas de nuestras percepciones o del recuerdo de experiencias pasadas? ¿Poner en funcionamiento la memoria no es también pensar? La idea de “pensamiento” efectivamente puede ser muy vaga o general y, en su aplicación, identificar procesos diversos. Sin embargo, podemos subrayar algunos aspectos  que pueden ayudar a su definición.

Nuestro psiquismo está recibiendo información de manera continuada a través de los procesos perceptivos, pero también está recordando experiencias pasadas o imaginando posibilidades futuras. Pensar sería la actividad mental por la cual ordenamos toda esta información, la relacionamos entre sí, sacamos conclusiones, valoramos y emitimos juicios, construimos estrategias para resolver problemas. El pensamiento sería justamente aquella capacidad que, de receptores pasivos de información, pasamos a ser productores de conocimiento. Mediante el pensamiento nos podemos separar de la realidad particular y concreta de los objetos del  mundo real, y reconstruirlos significativamente. Lo propio del pensamiento es ser una actividad que puede darse en ausencia de las cosas que impresionan nuestros sentidos, es decir, que en sus formas más desarrolladas es capaz de abstraer.

El pensamiento cuenta como actividades principales el generalizar observaciones particulares y construir modelos, conceptos o categorías. También relacionar estos conceptos para formular enunciados o proposiciones. Utilizar estos enunciados de manera lógica para obtener conclusiones, es decir, desarrollar razonamientos. La estructura del pensamiento humano tiende a ser lógica o coherente, su fluir intenta ser controlado e intencional, procura responder  a preguntas, resolver incógnitas o solucionar problemas. Justamente el pensamiento sería aquella actividad humana que nos distingue como especie animal, es decir su capacidad racional.

La reflexión sobre este aspecto de la vida humana ha llevado desde siempre a la formulación de interrogantes tales como: ¿Para conocer el mundo qué es más importante la información empírica que obtenemos a través de los sentidos, o los razonamientos lógicos que desarrolla la razón?  ¿Ante los problemas que se suelen plantear durante la vida cotidiana qué es más conveniente, hacer prevalecer el dictado de la razón, o escuchar la voz de los sentimientos? Preguntas que la Psicología seguramente no puede responder, y que más bien quedan como cuestiones fundamentales para la reflexión filosófica. Por ello en este apartado nos limitaremos a describir de una manera sintética aquellos rasgos generales que caracterizan la actividad de pensar. En esta descripción haremos especial hincapié en la relación que se puede establecer entre el pensamiento y otra de las capacidades específicamente humana que es el lenguaje. En relación a esta última cuestión veremos diferentes perspectivas encontradas: aquellos que afirman que el lenguaje es un producto del pensamiento, otros que ponen el acento en cómo las diferentes formas de lenguaje pueden determinar diferentes maneras de pensar, hasta aquellos que defienden una relación de mutua interdependencia entre pensamiento y lenguaje, llegando incluso a afirmar que entre ambos no habría una efectiva diferenciación sino que más bien expresarían dos caras de una misma capacidad simbólica: cuando pensamos no hacemos más que hablar en silencio, y cuando hablamos representamos mediante signos nuestros pensamientos.

2. Conceptos y categorización: las unidades básicas del pensamiento [1]

El pensamiento podría definirse como un lenguaje que se desarrolla en el “interior de la mente”. Sin embargo, en la mente no sólo hay palabras sino también hay imágenes. Por esto se afirma que habría un pensamiento proposicional que contiene enunciados o proposiciones; y también un pensamiento en imágenes que contiene representaciones visuales. La distinción entre ambos niveles, como tantas otras distinciones, suele no ser del todo real, y se justifica sólo para facilitar la comprensión de los procesos.

Una proposición es un enunciado que expresa un hecho. «Las madres son grandes trabajadoras» es una proposición. «Los gatos son animales» es otra. Es fá­cil ver que este tipo de pensamiento consiste en con­ceptos (como «madres», y «grandes trabajadoras», o «gato» y «animal») combinados de una forma parti­cular. Sin embargo, para comprender el pensamiento proposicional, antes es necesario entender qué son los concep­tos que lo componen.

a) Funciones de los conceptos

Un concepto representa toda una clase; es la serie de propiedades que se asocian con una clase determi­nada. El concepto de «gato», por ejemplo, incluye las propiedades de tener cuatro patas y bigotes. Los con­ceptos cumplen importantes funciones en la vida men­tal. Una de ellas es dividir el mundo en unidades ma­nejables (economía cognitiva). El mundo contiene tantos objetos distintos que si cada uno se tratara como algo único, pronto la capacidad humana se ve­ría sobrepasada. Por ejemplo, si cada objeto se desig­nara con un nombre específico, el vocabulario sería tan inmenso que la comunicación se haría imposible. (¡Piense en lo que ocurriría si hubiera un nombre dis­tinto para cada uno de los siete millones de colores que el ser humano puede distinguir!) Afortunada­mente, los objetos no se tratan como algo único. Más bien, se consideran un caso concreto de un concepto. Muchos objetos distintos se cuentan como ejemplos del concepto «gato», otros muchos se integran den­tro del concepto «silla», etc. Al tratar diferentes obje­tos como miembros del mismo concepto, se reduce la complejidad del mundo representado en la mente.

La categorización se refiere al proceso de asignar un objeto a un concepto. Cuando se categoriza un ob­jeto, se lo trata como si tuviera muchas de las propie­dades asociadas con el concepto, incluyendo las pro­piedades que no se perciben directamente. Una segunda función primordial de los conceptos es que permiten predecir información que no se percibe rápidamente (lo que recibe el nombre de poder predic­tivo). Por ejemplo, el concepto de «manzana» está asociado a características difíciles de percibir, como que tiene semillas y es comestible, así como a caracte­rísticas obvias como que es redonda, que tiene un co­lor distintivo y que crece en los árboles. Se emplean las características visibles para clasificar un objeto como una «manzana» (el objeto es rojo, redondo y cuelga de un árbol) y luego se infiere que el objeto tiene otras características no visibles (tiene semillas y es comesti­ble). Los conceptos permiten ir más allá de la infor­mación estrictamente perceptible.

Asimismo, existen conceptos de actividades, como «comer», de estados, como «ser viejo», y de abstracciones, como «verdad», «justicia» o incluso el número 2. En cada caso, se conoce algo de las propiedades co­munes a todos los miembros que pertenecen al con­cepto. Conceptos ampliamente utilizados como éstos están asociados generalmente a un nombre formado por una sola palabra. Esto permite a las personas co­municar rápidamente experiencias frecuentes. Tam­bién es posible inventar conceptos sobre la marcha para servir a un objetivo específico. Por ejemplo, si al­guien planifica una excursión, es posible que genere el concepto «cosas para llevar a un camping». Este tipo de conceptos orientados hacia un, objetivo facilita la planificación. Aunque estos conceptos se usan poco, y suelen tener nombres más largos, siguen proporcio­nando cierta economía cognitiva y cierto poder predictivo.

b) Prototipo y núcleo de un concepto

Las propiedades asociadas con un concepto se clasifi­can en dos grupos. El primero conforma el prototipo del concepto. Que son las propiedades que describen los mejores ejemplos del concepto en cuestión. Por ejemplo, en el concepto «abuela», su prototipo puede incluir características como una mujer de unos sesenta años, con pelo gris, y que adora pasar el tiempo con sus hijos y nietos. El prototipo es lo que suele venir a la mente cuando se piensa en el concepto. Pero a pesar de que las características del prototipo puedan ser ciertas en una abuela típica, no se cumplen en todos los casos (una mujer que esté en torno a los cincuenta y que, como su hija, tuvo una niña siendo adoles­cente). Esto significa que un concepto debe tener algo además del prototipo. Este algo adicional es el núcleo que comprende las propiedades fundamentales que distinguen a los miembros del concepto. El núcleo del concepto «abuela» probablemente incluya la carac­terística de ser la madre de uno de los progenitores como propiedad esencial para ser miembro del con­cepto.

Otro ejemplo es el del concepto «pájaro». Segura­mente, el prototipo incluye las características de volar y piar, lo que se cumple para los mejores ejemplos de «pájaro», como el petirrojo y la urraca, pero no se cumple para otros ejemplos, como el avestruz y el pin­güino. El núcleo seguramente especifica algo sobre las bases biológicas del ser pájaro: tener ciertos genes o, al menos, tener padres que sean pájaros.

En ambos ejemplos (abuela y pájaro) las características de los prototipos son notables pero no constituyen indicadores perfectos del concepto, mientras que las características del núcleo son más importantes para el concepto. No obstante, hay una diferencia fundamental entre un concepto como «abuela» y otro como «pájaro». El núcleo de «abue­la» es una definición, y se aplica fácilmente. Cualquier mujer que sea madre de un padre será «abuela», y es relativamente sencillo establecer si una persona posee estas características determinantes. Se dice que conceptos como éste están bien definidos: Clasificar a una persona u objeto en una categoría bien definida im­plica determinar si tiene el núcleo o características de­finitorias. En cambio, el núcleo de «pájaro» no es una definición (sólo se sabe que los genes tienen algo que ver) y las características principales están ocultas. Si alguien se topa con un animalito, no podrá inspeccio­nar sus genes ni preguntar acerca de sus progenitores. Lo único que podrá hacer es comprobar si hace cier­tas cosas, como volar y piar, y utilizar esta informa­ción para decidir si se trata de un pájaro o no. Con­ceptos como «pájaro» son imprecisos. Decidir si un objeto es un ejemplo de un concepto impreciso a me­nudo implica determinar su similitud con el prototipo del concepto. La mayoría de los con­ceptos naturales son imprecisos. Carecen de auténticas definiciones, y la categorización de esos conceptos descansa principalmente en los prototipos. No ocurre así con los conceptos convencionales cuyo origen es un acuerdo digamos cultural o artificial.

Algunos casos de conceptos imprecisos poseen más características de prototipo que otros. Entre los pája­ros, por ejemplo, un petirrojo tendría la propiedad de volar, mientras un avestruz no. Cuantas más caracte­rísticas del prototipo tenga un objeto, más típico del concepto será. En el caso de «pájaro», gran parte de las personas cataloga a un petirrojo como más típico que un pollo, y a un pollo como más típico que un avestruz; en el caso de una «manzana», catalogan las manzanas rojas como más típicas que las verdes (dado que el color rojo parece ser una propiedad del con­cepto «manzana»), etc. El grado en el que el objeto resulta típico tiene un profundo efecto sobre su catego­rización. Cuando se pregunta a las personas si el animal de una foto es un «pájaro», un petirrojo pro­ducirá un sí inmediato, mientras que un pollo requerirá un tiempo de reacción más largo. Cuando se les plantea a los niños la misma pregunta, el petirrojo será catalogado correctamente casi con toda seguri­dad; el pollo normalmente no será considerado un pá­jaro. Lo habitual también determina lo que un sujeto piensa cuando se encuentra con el nombre del con­cepto. Al oír la frase «Hay un pájaro en la ventana», es más probable que se piense en un petirrojo que en un buitre, y lo que venga a la mente influirá sin lugar a dudas sobre lo que hagamos con la frase.

c) Diferentes procesos de categorización

El ser humano está constantemente tomando decisio­nes de categorización. Se categoriza cada vez que se reconoce un objeto, cada vez que se diagnostica un problema («Esto es un fallo de electricidad»), etc. ¿Cómo se utilizan los conceptos para categorizar el mundo? La respuesta depende de si el concepto está bien definido o es algo impreciso.

Para los conceptos bien definidos como «abuela», se puede determinar lo semejante que es una persona con el prototipo en cuestión («es sesentona y el pelo canoso, por lo tanto, se parece a una abuela»). Pero si se intenta ser preciso, es posible determinar si una per­sona posee las características definitorias de este con­cepto (« ¿Es la madre del padre o madre?»). La se­gunda parte se limita a aplicar una regla: «Si esta mujer es la madre de un padre, es abuela». Se han rea­lizado muchos estudios sobre este tipo de categoriza­ción basada en las reglas de los conceptos bien defini­dos, y ha quedado demostrado que cuantas más propiedades haya en una regla, más lento y más pro­penso a error será el proceso de categorización. Esto puede deberse al hecho de que se procesan varias propiedades simultáneamente.

Para los conceptos imprecisos como «pájaro» y «si­lla», no se conocen suficientes propiedades definito­rias como para usar la clasificación basada en las re­glas, por lo que se suele echar mano de la analogía. Así, lo que se puede hacer es determinar la similitud de un objeto con el prototipo del concepto (« ¿Se pa­rece este objeto lo suficiente al prototipo para llamarle silla?»).

 d) Adquisición de conceptos

¿Cómo se adquiere la multitud de conceptos que se conocen? Algunos, como los conceptos de «tiempo» y «espacio», podrían ser innatos. Otros son aprendidos.

Hay distintas formas de aprender conceptos. Se aprende por medio de una enseñanza explícita o a tra­vés de la experiencia. El modo de aprender depende de lo que se aprenda. La enseñanza explícita suele ser el modo en que se aprende el núcleo de los conceptos, y la experiencia suele ser la forma de adquirir prototi­pos. Alguien le dice explícitamente a un niño que un ladrón es alguien que toma las pertenencias de otra persona sin ánimo de devolverlas (el núcleo), y la ex­periencia del niño puede llevarlo a pensar que los la­drones son holgazanes, desaseados y peligrosos (el prototipo).

3.  Razonamiento

Cuando se piensa en términos de proposiciones, la se­cuencia de pensamientos suele estar organizada en forma de razonamientos. Un razonamiento es una serie de enunciados o premisas conectadas lógicamente (premisas) que justifican una conclusión.

a) Razonamientos deductivos

Se da cuando existe una conexión lógica entre las premisas y la conclusión, es decir que, si los enunciados de los cuales parte la argumentación son verdaderos, necesariamente se tendrá que dar la conclusión. O, dicho de otra manera, la conclusión es coherente o se deduce lógicamente de las premisas.

Por ejemplo:

Premisa 1: “si llueve, llevaré paraguas”

Premisa 2: “efectivamente llueve”

Conclusión: “llevo paraguas”

El ejemplo podría complicarse algo más:

Premisa 1: “Si llueve llevaré paraguas”

Premisa 2: “Si llevo paraguas seguramente que lo perderé”

Premisa 3: “Llueve”

Conclusión: “Perderé el paraguas”

Se han estudiado las reglas que deben seguir los razonamientos para ser lógicos o coherentes. Es la Lógica la disciplina que estudia las reglas de los razonamientos. Sin embargo, la gente corriente cuando piensa no acude a la aplicación de reglas para construir argumentaciones coherentes, y no por esto su pensamiento deja de ser lógico. Se podría decir que el pensamiento tiende a organizarse de forma intuitivamente lógica, y esta capacidad, aunque necesite desarrollarse mediante aprendizajes, tiene una base innata.

b) Razonamientos inductivos

No todos los razonamientos son deductivamente válidos, en el sentido de que la conclusión pueda deducirse necesariamente de las premisas. Es el caso de los razonamientos inductivos, en los cuales es más o menos probable que la conclusión sea verdadera si las premisas también lo son.

Los razonamientos inductivos están basados en la observación de un número limitado de casos particulares y, a partir de ellos, se infiere una conclusión general. Cuanto mayor sea el número de casos particulares observados mayor será la probabilidad de que la conclusión sea verdadera. Pero, a diferencia de las conclusiones deductivas, nunca tendremos la certeza de que la conclusión sea necesariamente verdadera.

Por ejemplo, la experiencia puede haberme mostrado que la mayoría de las personas que estudian contabilidad en la universidad cuando consiguen un empleo en una empresa este será de contable o de alguna actividad afín. Esta información puede llevarme a realizar el siguiente razonamiento: Ricardo se especializó en contabilidad en la Universidad. Ricardo trabaja ahora para una empresa. Conclusión: probablemente Ricardo trabaje de contable.

Este razonamiento desde un punto de vista deductivo no es válido (Ricardo puede haberse cansado de las clases de contabilidad y trabajar como vigilante nocturno). La solidez induc­tiva, por tanto, es cuestión de probabilidades, no de certezas.

4. Pensamiento imaginativo

Anteriormente se mencionó que, además del pensa­miento proposicional, el ser humano puede pensar de modo imaginario, especialmente en términos de imá­genes visuales. Según parece, una parte del pensamiento es visual. A menudo se recuerdan percepciones pasadas, y se ac­túa sobre ellas del mismo modo que se actúa sobre las percepciones reales. Para comprender este punto, intentemos responder a las tres preguntas siguientes: 1. ¿De qué forma son las orejas del pastor alemán? 2. ¿Qué letra se forma cuando se rota una N mayús­cula 90 grados? 3. ¿Cuántas ventanas tiene el salón de la casa de sus padres?

Al responder a la primera pregunta, la mayoría de las personas afirman organizar una imagen visual de la cabeza de un pastor alemán y «mirarle» las orejas para determinar su forma. Al responder a la segunda pregunta, en general, dicen formarse primero una imagen de una N y luego «rotarla» mentalmente 90 grados y «mirarla» para determinar de qué letra se trata. Y al responder a la tercera pregunta, las perso­nas dicen imaginar la habitación y luego «recorrerla» contando las ventanas.

Estos ejemplos están basados en impresiones sub­jetivas, pero éstas y otras pruebas sugieren que las imágenes implican las mismas representaciones y pro­cesos que se utilizan en la percepción. Las imágenes de los objetos y lugares contienen deta­lles visuales: el pastor alemán, la N, el salón de la casa de los padres se hace visible en «el ojo de la mente». Además, las operaciones mentales que se efectúan so­bre estas imágenes parecen ser análogas a las opera­ciones que se llevan a cabo sobre objetos visuales rea­les. Se recorre la imagen del salón de la misma manera que se recorre una habitación real, y se rota la imagen de la N de la misma forma que se rota el objeto real.

5. Pensamiento en acción: resolución de problemas

Para muchas personas, resolver un problema repre­senta el pensamiento en sí mismo: pensar no sería más que resolver problemas. Se pueden distinguir diferentes estrategias de pensamiento para solucionar problemas:

Identificar un objetivo que se desea alcanzar, establecer la diferencia de estados entre la situación actual y el objetivo, y de manera acumulativa ir avanzando hasta llegar a conseguir lo que se busca. Supongamos que tenemos que adivinar la combi­nación de una caja fuerte que no conocemos. Sólo sabemos que la combinación tiene cuatro números y que cada vez que demos con un número correcto, oiremos un clic. El objetivo general es adivinar la combinación. En lugar de probar cuatro números al azar, la mayoría de las personas divide el objetivo general en cuatro sub­-objetivos, siendo cada uno de ellos el dar con uno de los cuatro números de la combinación. El primer sub-­objetivo es dar con el primer número, y cuenta con un procedimiento para conseguirlo: girar el cierre lenta­mente mientras se escucha con atención hasta oír un clic. El segundo sub-objetivo es adivinar el segundo nú­mero utilizando el mismo procedimiento, y así sucesi­vamente.

Otra estrategia podría ser la de pensar cuál es el medio para resolver el problema e ir modificando el camino a medida que van surgiendo dificultades. Se compara el estado actual con el estado objetivo para encontrar la diferencia más importante entre ellos, y así, eliminar esta dife­rencia se convierte en el objetivo principal. A conti­nuación, se busca un medio o procedimiento para conseguir este sub-objetivo. Si se encuentra pero hay algo en el estado actual que impide aplicarlo, se intro­ducirá un nuevo sub-objetivo, que consistirá en elimi­nar el obstáculo. En muchas situaciones de resolución de problemas de sentido común se utiliza esta estrate­gia. He aquí un ejemplo: Quiero llevar a mi hijo a una guardería. ¿Cuál es la di­ferencia [más importante] entre lo que tengo y lo que quiero? La distancia. ¿Qué [procedimiento] cambia la distancia? El coche. Mi coche no funciona. ¿Qué se ne­cesita para que funcione? Una nueva batería. ¿Dónde puedo encontrar una nueva batería? En el taller mecá­nico. El análisis de medios y fines es más sofisticado que la reducción de la diferencia porque permite actuar in­cluso cuando se da una disminución temporal de la ana­logía entre el estado actual y el estado objetivo. En el ejemplo propuesto, el taller mecánico puede hallarse en la dirección opuesta a la guardería. Ir al taller aumenta temporalmente la distancia del objetivo, y sin embargo, este paso es esencial para resolver el problema.

Otra estrategia consiste en trabajar inversamente (hacia atrás) tomando como punto de partida el objetivo al cual se quiere llegar. Esta estrategia, más compleja y sofisticada, es la que se emplea cuando pensamos no en función de las decisiones acerca de acciones inmediatas, sino en cómo programar el proceso que nos llevará a conseguir los objetivos buscados.

Versión para imprimir


[1] Los apartados 2, 3, 4 y 5 están basado en:  AAVV, Introducción a la Psicología,  Thomson Editores, Madrid (2003) Cap. 9