17. Tres experimentos. El poder de las situaciones.

1. Salomon Arsch: la presión grupal [1]

¿Por qué en algunas ocasiones no somos capaces de actuar en concordancia con nuestros valores o bien con nuestras creencias más firmes? Solomon Arsch orientó una respuesta posible, y pensó que en algunas ocasiones esto podía ser debido a la presión social que proviene del grupo de personas presentes en una situación concreta.

El experimento de Arsch se desarrolló de la manera siguiente. Se trataba de crear una situación en la cual se pidiera a una persona la apreciación de la longitud de una línea y la comparara con otras tres líneas. Cómo podéis ver en la figura siguiente el ejercicio es bastante obvio. Así que si nos preguntan qué de las líneas 1, 2 0 3 se parece más a la línea patrón, ninguno de nosotros dudaría más de unos centésimos de segundo a afirmar que es la línea 1.

Pero Solomon Arsch, demostró que hay una condición en la cual la mayor parte de nosotros puede llegar a afirmar que es la línea 2 la que es como la línea patrón. Esta situación se da cuando hacemos esta apreciación en grupo y todas las personas del grupo (de siete a nueve persones cómplices del experimentador) afirmen que es la línea 2 la que más se asemeja a  la línea patrón.

En una serie de doce juicios sucesivos sobre la longitud de líneas diferentes (en siete de los cuales, la mayoría cómplice con el investigador, tenía una opinión claramente contraria a la realidad) un 23% de la gente no cómplice que participó en el experimento una vez hizo una afirmación como la de la mayoría, en contra de su misma visión de las líneas, un 32% lo hizo dos o tres veces y, un 26% cuatro veces o más. En total un 81% se plegó al menos una vez al juicio de la mayoría, y un 58% lo hizo más de una vez. Un total de treinta y una personas fueron sujetos no cómplices en esta primera versión del experimento.

Este experimento provocó dos reacciones típicas en los participantes, o bien arribaban a la conclusión de que estaban equivocados, a pesar de que continuaban teniendo claro cuál era su percepción, o bien pensaban que no era aceptable de mostrarse diferente y, por lo tanto, se abstraían de la tarea concreta y se conformaban al grupo.

La explicación clásica plantea que la persona se encuentra delante de dos formes de influencia, lo cual explicaría las dos reacciones más típicas que hemos mencionado antes. Una se ha denominado influencia informacional y corresponde al hecho que la persona considera que la información que los otros proporcionan, sus juicios, son mejores que los de ella misma. De hecho, a lo largo de nuestra vida hemos visto que, en general, las otras personas están de acuerdo con nosotros sobre el que vemos o sentimos y no nos ha ido tan mal. La otra se denomina influencia normativa y consiste en mostrar acuerdo con la norma de grupo para poder continuar formando parte de éste y no ser excluido.

Otra manera de enfocarlo es olvidarnos por un momento del individuo como una entidad coherente, y no perder de vista que sin grupos no hay individuo, ni persona, ni personaje, ni rol, ni personalidad, ni nada de nada. El hecho de pertenecer a niveles diferentes a grupos diferentes, los cuales tienen sus normas y sus valores correspondientes nos permite de entender que durante el experimento de Arsch nos encontramos en presencia de un conflicto. Pero no es un conflicto entre percepciones de individuos diferentes, ni es un conflicto cognitivo que el individuo padece solo. Es un conflicto entre la norma de no mostrarse diferente a los otros en público y la norma que considera la objetividad como un valor. Dos normas culturales cuya formación histórica no es difícil de rastrear en el nacimiento de la época moderna y sus dos productos más característicos: el individuo y la ciencia.

Cómo afirma Arsch (1952), cuando alguien se encuentra en medio de un grupo no se puede sentir indiferente hacia el grupo. Entre otras razones porque cada cual presupone ver lo mismo que los otros ven (norma de objetividad). Pero cuando nos encontramos en una situación en la cual se tiene que tomar una decisión que no tiene unos referentes tan objetivos, ¿cómo actúa la presión hacia la conformidad? Janis, en un célebre libro (Janis, 1972) estudió decisiones diferentes claramente erróneas que gobiernos diferentes de los Estados Unidos habían tomado a lo largo de la historia reciente. Por ejemplo, no hacer caso de los avisos de alarma anteriores al ataque japonés sobre Pearl Harbour en 1941, decidir invadir Corea del Norte en 1950 sin tener en cuenta la posible reacción de la China, o entrenar una brigada de exiliados para invadir la isla de Cuba por la Bahía de Cochinos el 1961 y pensar que la población los recibiría con los brazos abiertos. Janis explica que estas decisiones se pudieron tomar porque en los comités que las tenían que valorar había una gran presión directa sobre cualquier persona que se apartara de los estereotipos o ilusiones del grupo y una ficción compartida que la decisión había sido mayoritaria, provocada por la autocensura de quien se pudiera apartar del consenso. Este efecto lo denominó pensamiento grupal, y se explica por los esfuerzos que el grupo hace para evitar el conflicto y mantener el grupo aparentemente unido.

2. Stanley Milgram: la obediencia

Suponemos que, como mucha gente, alguna vez os habréis preguntado cómo fue posible el asesinato en demasiado y a sangre fría, durante la Segunda Guerra Mundial, de millones de personas, en nombre de la pureza de la raza aria. Desgraciadamente el tema sigue de actualidad, Bosnia, Kosovo, Chechenia, Timor Oriental… no son nombres de antiguos conflictos. La pregunta a la cual tiene que responder la psicología social va más allá de quién y por qué da la orden de matar en un momento concreto. Tenemos que poder ofrecer una comprensión de cómo puede una persona ejecutar unas órdenes parecidas. Sin ejecutor la orden resultaría absurda y sin sentido.

Por esto en este punto estudiaremos otro concepto relacionado con la influencia, otra manera por la cual las personas hacen a menudo acciones en contra de sus creencias: la obediencia. Aparentemente no tendría que ser extraño en un sistema social jerárquico que alguien cumpliera las órdenes que le son dadas por una autoridad. Pero cuando estas órdenes incluyen la tortura y el asesinato de personas o la realización de actividades que pueden poner en peligro la vida de a otras personas, la obediencia se vuelve necesariamente motivo de estudio.

a) El experimento de Stanley Milgram

El experimento transcurre de la manera siguiente. Mediante un anuncio en un diario local o bien de una carta que ofrecía una modesta compensación dineraria para colaborar en un experimento sobre memoria y aprendizaje que tendría lugar en la Universidad de Yale, se consiguieron entre 1961 y 1962 más de mil participantes. Entre estas personas había de todo, obreros, oficinistas, maestros, enfermeras, vendedores, etc. Telefónicamente se les daba día y hora. Cuando llegaba el día, la persona acudía al lugar al cual se lo había citado, allá encontraba dos personas, una era alguien que supuestamente también había acudido para el experimento, un contable de 47 años y de apariencia amable, pero que en realidad era un cómplice del experimentador, y la otra una persona que actuaba de experimentador, con bata, de 31 años de apariencia impasible y austera. Se les pagaba el dinero prometido (4.50$) y para justificar lo que pasaría a continuación se les explicaba lo siguiente:

Los psicólogos han desarrollado muchas teorías para explicar cómo la gente aprende materias diferentes. Algunas de las más conocidas están tratadas en este libro [al sujeto se le enseñaba un libro sobre aprendizaje]. Una teoría es que la gente aprende las cosas correctamente cuando se los castiga si se equivocan. Una aplicación común de esta teoría es cuando los padres pegan a los niños si hacen algo mal. Se supone que el hecho de pegar, una forma de castigo, hará que el niño aprenda a recordar mejor, hará que aprenda más efectivamente. Pero de hecho no sabemos gran cosa sobre los efectos del castigo sobre el aprendizaje, porque casi no se han hecho estudios verdaderamente científicos sobre el tema en seres humanos. Por ejemplo, no sabemos qué cantidad de castigo es mejor para el aprendizaje, y tampoco sabemos si hay diferencias en función de quien da el castigo, si un adulto aprende mejor de una persona más joven o más grande que él mismo, u otras muchas cosas de este tipo. Por esto en este estudio juntamos un cierto número de adultos de ocupaciones y edades diferentes y pedimos a algunos que sean maestros y a los otros que sean aprendices. Queremos descubrir cuáles son los efectos que tienen algunas personas sobre las otras, unas como maestras y las otras como aprendices y también cuál es el efecto del castigo sobre el aprendizaje en esta situación. Por todo esto les pediré que uno de ustedes haga de maestro y el otro de aprendiz. Milgram, S. (1974). Obedience lo Authority. Londres: Pinter Martin, 1997. (Versión en castellano: Obediencia a la autoridad. Bilbao: Desclee de Brouwer, 1980).

Seguidamente se hacía un sorteo trucado para asignar los papeles de forma que siempre el sujeto real hacía de maestro. Entonces se los traía a la habitación del lado y se les decía que hacía falta preparar el aprendiz para que pudiera recibir los castigos; allá, delante del maestro, se lo ataba a una silla y se le ponían unos electrodos a las muñecas. Se explicaba que se lo ataba para que no se moviera al recibir las descargas y que se le aplicaba pasta de electrodo para evitar quemaduras. Para incrementar la credibilidad de la situación el aprendiz mostraba preocupación por las descargas, y se le contestaba que, aunque las descargas podían ser muy dolorosos, no causaban daños permanentes en los tejidos.

Seguidamente se llevaba al “maestro” ante un aparato, un supuesto generador de descargas eléctricas, que tenía treinta botones con pilotos de color rojo. Cada botón tenía una etiqueta con el voltaje correspondiente, que iba de 15 a 450 volts, y aumentaba 15 volts entre botón y botón. Cada cuatro botones (es decir, cada 60 volts) una etiqueta especificaba de izquierda a derecha: DESCARGA LIGERA (15v-60v), DESCARGA MODERADA (75v-120v), DESCARGA FUERTE (135v-180v), DESCARGA MUY FUERTE (195v-240v), DESCARGA INTENSA (255v-300v), DESCARGA EXTREMADAMENTE INTENSA (315v-360v), PELIGRO: DESCARGA SEVERA (375v-420v), XXX (435v-450v).

Para hacer creíble el aparato se le daba una descarga de 45 volts de prueba al maestro apretando el tercer botón; en realidad, éste era el único botón que funcionaba. Entonces se le explicaba la tarea que era necesario hacer. Tendría que leer al aprendiz una serie de palabras emparejadas y después leerle una de estas palabras y preguntarle, de entre cuatro opciones, con qué palabra se había emparejado primero. Por ejemplo, tendría que leer: Caja azul, Día bonito, Pato salvaje, etc. y después se le leería: Día, Gris, Bonito, Claro, Feo. Cada vez que el aprendiz se equivocara le tendría que administrar una descarga, empezando por el de 15 volts y subiendo un botón, 15 volts más, cada vez que se equivocara a medida que adelantara el experimento. Antes de administrar la descarga el “maestro” tendría que anunciar al aprendiz el voltaje que le aplicaría –esto se hacía para asegurarse que el sujeto era consciente del voltaje que administraba.

Si en algún momento el sujeto dudaba o preguntaba si tenía que continuar, el “experimentador” le tenía que responder estas cuatro frases, y en este orden a medida que adelantara el experimento:

  1. Por favor continúe.
  2. El experimento requiere que usted continúe.
  3. Es absolutamente necesario que usted continúe.
  4. Usted no tiene ninguna otra opción, tiene que continuar.

Si la persona se preocupaba por las heridas que podía ocasionar se le contestaba lo mismo que ya se le había dicho antes, que no causaban daños permanentes a los tejidos. Si la persona decía que era el aprendiz quien no quería continuar, se le decía: “tanto si al aprendiz le gusta como si no, usted tiene que continuar hasta que haya aprendido todos los pares de palabras correctamente; por favor, siga”.

[Ahora ya conocéis la situación con detalle. Antes de continuar leyendo y de conocer las diferentes condiciones, ¿pensáis si hubierais aceptado colaborar en este experimento? ¿Pensáis si hubierais empezado una vez os hubieran explicado lo que teníais que hacer? ¿Y pensáis hasta qué voltaje hubierais estado dispuestos a continuar, teniendo en cuenta que si hubierais dicho que no queríais seguir se os hubiera contestado lo que acabáis de leer?]

Bien, si ya os lo habéis pensado, empezamos a comentar los resultados. La primera vez que se hizo el experimento era una condición en la cual el maestro no veía ni sentía al aprendiz –las respuestas le llegaban mediante una caja con cuatro luces. Ante la sorpresa general, en esta condición el 100% de sujetos llegaron hasta el final, y administraron descargas de hasta 450 volts (etiquetadas XXX). Éste fue el resultado de la Condición I del experimento: si la víctima no se ve ni se siente, a pesar de tener informaciones sobre su posible sufrimiento, la obediencia es de un 100%. Una segunda Condición consistió el permitir que el maestro sintiera las protestas, gemidos y gritos del aprendiz, en la cual 62,5% de personas llegó hasta el final. Se probaron diecinueve condiciones.

b) Críticas al experimento

A pesar de que la inmensa mayoría de psicólogos sociales reconoce que los experimentos de Milgram están bien hechos y que sus resultados son fiables, este experimento ha sido blanco de críticas feroces. Aún así Milgram mismo comentó que sospechaba que el origen de las críticas no era tanto el experimento, sino los resultados obtenidos. Si el experimento hubiera dado como resultado aquello que se esperaba, que nadie obedece unas órdenes inmorales, seguramente ninguna de estas críticas hubiera surgido.

La preocupación por la ética del experimento fue la primera en surgir. Lo American Psychological Association, la más importante del mundo, retrasó un año la admisión de Milgram, mientras estudiaba con detalle el experimento. Finalmente consideraron que era aceptable, pero muchos psicólogos y sociólogos todavía ahora dudan que lo fuera. Por un lado, no es ético hacer pasar alguien por una situación tan angustiosa, pero sobre todo la preocupación surgía por el posible carácter traumatizante de la participación en la electrocución inducida de una persona. Milgram se aseguró que después del experimento el sujeto hablara con “la víctima” para dejar claro que estaba bien. También informaba a los sujetos obedientes que su conducta era la normal. Finalmente hizo un seguimiento durante un par de años, mediante cuestionarios, de las personas que había participado, y les informó de los resultados obtenidos con la búsqueda. Hace falta decir que muchas personas valoraron positivamente su participación y pensaron que habían aprendido algo útil sobre ellos mismos. Milgram puso a menudo, con orgullo, el ejemplo de un chico que se había acabado haciendo objetor de conciencia. Aún así, como podéis ver, el experimento tuvo efectos muy importantes sobre los participantes y su vida, y ellos no lo habían pedido; además acudían engañados al experimento. Hoy en día un experimento de este tipo no se podría hacer, pero muchos investigadores piensan que valió la pena, y que la lección extraída de aquellos experimentos es demasiado valiosa para dejarla perder.

c) La situación de obediencia

El funcionamiento en sociedad implica para Milgram división del trabajo y coordinación, y para efectuar esto, jerarquía. Considera también que el hecho que las personas funcionen al interior de un sistema obviamente produce cambios en su capacidad para funcionar autónomamente, por ejemplo, tienen que ceder el control a quien coordina. Todo esto lleva a Milgram a defender que lo que pasa en los experimentos es un cambio especial en la actitud de los individuos. Estos, durante el experimenta, pasan a un estado actitudinal que denominó “estado agente”, por el cual la persona que se incorpora en un sistema de autoridad ya no se ve a ella misma como un actor movido por sus motivos sino que se ve ella misma como un agente al servicio de los deseos de otro. Tal como resume Josep Maria Blanch:

Las consecuencias más destacables del estado de agente en una persona, consisten en su aceptación de la definición de la situación que le dicta la autoridad, su asunción del rol de instrumento al servicio de los fines impuestos por el superior y en su transformación moral, al sentirse  responsable no tanto de las consecuencias de sus actos como del cumplimiento estricto de las órdenes que le han sido dadas.

En otros términos, la obediencia no elimina la moral; sino que desplaza el centro de gravedad de la misma, en el contexto de una reestructuración del campo social e informativo. De este modo su componente cognitivo confiere mayor relevancia al imperativo ético de la subordinación y al aspecto técnico de la ejecución que al elemento interpersonal de la relación a agente-víctima. Esa nueva moralidad reduce el bien a la ley y el amor al deber; al tiempo que establece la sumisión como base de las virtudes cardinales. Blanch, J.M. (1982). Psicologías Sociales. Aproximación histórica. Barcelona: Hora.

Pero falta explicar por qué una persona puede entrar en este “estado agente”, en qué ocasiones lo hace y cómo se mantiene. Para Milgram hay dos tipo de procesos, los antecedentes necesarios y los que genera la misma situación en el momento. Entre los antecedentes encontramos la socialización en la obediencia. La familia, la escuela y el trabajo son estructuras fundamentales de nuestra sociedad y son instituciones jerárquicas basadas en la autoridad de unas personas sobre otras. La lógica de las instituciones no sólo nos trae a obedecer, sino también a considerar la obediencia una necesidad para la supervivencia misma de la institución, cosa que a menudo se confunde además con la supervivencia misma de la humanidad. Hay, además, un antecedente necesario más propio del experimento, la ideología cientificista, es decir, el hecho que se reconozca comúnmente que la ciencia es una forma de conocimiento legítima y que el científico es la persona que ostenta la autoridad legítima en una situación “de ciencia”. Así, por lo tanto, al hecho de que haya una ideología que justifica la situación se añade el hecho que el sujeto considera el científico la autoridad adecuada para la situación en cuestión. Como bien dice Milgram, el poder de la autoridad no proviene de sus características personales sino de su posición percibida en una estructura social, y hace falta añadir, del cumplimiento adecuado de su rol; si el experimentador exigiera cualquier cosa que no estuviera justificada adecuadamente en el contexto, no obtendría ningún tipo de obediencia.

El reconocimiento de la “obediencia debida” que absuelve tantos soldados de las barbaridades que cometen con sus manos es una muestra de este traslado de responsabilidades, que es posible en las organizaciones jerárquicas. Como dice Bauman (1989), “la organización en su conjunto es un instrumento para eliminar toda responsabilidad”. Se trata de una situación en la cual todos y cada uno de sus miembros trasladan la responsabilidad a alguien otro, en una cadena que no tiene final y que acaba en un tipo de responsabilidad flotante, de la cual nadie da explicaciones a nadie.

A pesar de lo que pueda parecer, una sociedad con una división social del trabajo tan compleja como la nuestra es en la práctica una sociedad sin responsables, dado que la atomización es tan grande que nadie conoce exactamente cuál es el producto final, pero piensa que hay alguien que si lo sabe y así lo ordena. Esto pasa en casi todos los ámbitos del trabajo.

Ejemplo

En los hospitales las enfermeras acatan órdenes de médicos que saben positivamente que son negativas para el paciente porque no son las responsables finales, y seguramente el médico considera que la institución se hará responsable de cualquier problema, puesto que él también es un trabajador obligado a trabajar en las condiciones que marca la institución; los asistentes en las tareas del hogar limpian la suciedad de los otros porque alguien lo tiene que hacer en esta sociedad tan complicada, los otros ensucian porque ya hay alguien que lo limpiará; los vecinos no avisan la policía si ven una violación delante de casa suya porque la policía ya debe de tener los medios para enterarse y llegar a tiempos, al fin y al cabo es su trabajo y, por lo tanto, su responsabilidad; los empresarios de las tabacaleras no tienen ningún dilema moral al promover productos cancerígenos porque la responsabilidad no es suya, en todo caso lo es de quien fuma, y en todo caso ellos sólo son personas buenas y normales que hacen su trabajo lo mejor que pueden.

En su análisis del Holocausto, el sociólogo de la postmodernidad, Zygmunt Bauman, muestra como éste fue el producto de una forma de racionalidad muy característica de la modernidad: la burocracia. En una burocracia la preocupación principal de los funcionarios no son los objetos de su acción, como están o cómo se sienten, sino la rapidez y la eficiencia que muestran a la hora de lograr los objetivos que sus superiores han marcado (Bauman, 1989, pàg. 208). La acción moral es la lealtad, el cumplimiento del deber y la disciplina, la acción racional es la eficacia.

Según Bauman, la tecnología adquiere a cambio por su racionalidad misma, una condición moral. Recordáis los resultados de las condiciones del experimento de Milgram: cuanto más grande era la distancia de la víctima más fácil era de ejecutar la orden. Un piloto de avión puede tirar una bomba encima de una ciudad y mantener su integridad moral y su humanidad, en cambio, alguien que mata a golpes de puño a otra persona es una mala bestia. Normalmente el usuario de la tecnología no es quien la ha inventado y, por lo tanto, la responsabilidad moral pasa al inventor de la máquina en cuestión, pero a la hora de la verdad éste no es nadie en concreto, sino un conjunto vago de conocimientos científicos básicos, equipos de ingenieros, universidades e instituciones de búsqueda, empresas e, incluso, una cosa tan abstracta como la política científica de un país.

Lo que el experimento de Milgram ha demostrado al final es el poder de los conocimientos y su capacidad para triunfar sobre los impulsos morales. Se puede inducir a personas morales a cometer actos inmorales incluso en el caso de que sepan (o crean) que esos actos son inmorales, siempre y cuando estén convencidos de que los expertos (personas que, por definición, saben algo que ellos no saben) han determinado que esos actos eran necesarios. Después de todo, la mayor parte de las actuaciones que se producen en el seno de nuestra sociedad no están legitimadas porque se hayan discutido sus objetivos, sino por el consejo o la instrucción que ofrece la gente que tiene conocimientos. Bauman, Z. (1989). Modernidad y Holocausto (pág. 258). Madrid: Sequitur.

En resumen, de este punto podemos extraer la idea de que los resultados del experimento no se pueden entender como el producto de una interacción particular entre individuos con características diferentes sino que hace falta integrar toda la situación en la singular historia de la sociedad occidental, en la época moderna. Esto nos permite  ver que hay situaciones en las que los individuos no son relevantes. Es decir, que no es que hay individuos que participan en determinadas situaciones sino determinadas situaciones que crean individuos y determinadas situaciones que no lo hacen.

3. La prisión de Stanford: las situaciones

Acabaremos el repaso de los experimentos más famosos de la psicología social, con el último de todos. Este experimento nos muestra otra situación en la cual las personas que participan llegan a obedecer órdenes degradantes, pero sobre todo nos recuerda otra vez la fuerza que tienen las situaciones a la hora de entender qué hacemos y qué somos las personas. Por encima de las características personales de cada uno de nosotros, la situación ejerce su influencia. Veámoslo a la práctica.

En 1971 el psicólogo social de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo y sus colaboradores se plantearon que era importante de entender cómo funcionaba un proceso que, en la psicología social clásica, se denominaba desindividualización. Este concepto recogía el hecho de que en determinadas situaciones que facilitan el anonimato, como por ejemplo en el interior de un grupo, las personas son capaces de manifestar una gran cantidad de comportamientos hostiles, e incluso agresivos. Para estudiar este fenómeno diseñaron un experimento cuyas consecuencias fueron bastante más allá de su preocupación inicial.

Pensaron que la situación más desindividualizante que se les ocurría era una prisión. En una prisión las conductas de los prisioneros (y de los guardas) están tan pautadas que no queda lugar para la expresión de otras conductas que no sean las que marca el rol. El grupo asigna los roles y, por lo tanto, se diluye la responsabilidad personal. Para estudiarlo, probaron de hacer trabajo de campo en prisiones pero no fueron autorizados por ninguna institución penal, así que decidieron crear una prisión simulada, e intentaron hacer un tipo de juego de rol avant-la-lettre. Diseñaron una prisión en los sótanos de la Facultad de Psicología de la Universidad de Stanford y buscaron voluntarios que quisieran participar. No había ningún tipo de engaño, se trataba de pasar dos semanas en una prisión simulada, algunos de los voluntarios, aleatoriamente, harían de guardas y otros harían de prisioneros. La mayoría de los participantes, veintiún en total, eran estudiantes universitarios que pasaban el verano en la región y que aceptaron participar por la compensación económica que se los ofrecía (15$/día). Una entrevista clínica en profundidad y una serie de test psicológicos determinaron que los participantes eran “normales”: emocionalmente estables, físicamente sanos y respetuosos con la ley. En resumen que ni eran “sádicos” ni “delincuentes”.

Pues bien, ¡el resultado fue que el experimento duró exactamente seis días y seis noches! ¿Por qué razón se acortó? Pues, porque se salió de madre con una rapidez increíble. Lo que esperaban que serían leves modificaciones en el comportamiento y el estado anímico de los participantes, se convirtieron en actos brutales y arbitrarios sin precedentes por parte de los guardas y en estados de apatía y depresión por parte de los prisioneros. La situación se apoderó de todos los participantes, los mismos experimentadores incluidos, hasta tal punto que ya no se sintieron capaces de controlar lo que estaba pasando. En en palabras del mismo Philip Zimbardo:

Al cabo de seis días tuvimos que clausurar nuestra prisión ficticia porque lo que vimos era alarmante. La mayoría de los sujetos (e incluso nosotros mismos) ya no distinguía con claridad dónde terminaba la realidad y dónde empezaban los papeles. Casi todos se habían vuelto realmente presos o guardias, sin poder separar con claridad entre la representación del rol y su propia persona. En la práctica, todos los aspectos de su actuar, pensar o sentir cambiaron dramáticamente. Zimbardo, P.G. (1976). “Patology of imprisonment”. A: D. Krebs (ed.). Readings in Social Psychology: Contemporary Perspectivas (pág. 268). Nueva York: Harper y Row (citado a Martin¬Barón, 1989, pág. 145).

a) Las posibilidades de la resistencia

Volvamos a dar un vistazo al experimento de Milgram, después de haber pasado por la prisión de Stanford. La cosa cambia. Quizás los resultados del experimento en lugar de conducir al pesimismo tendrán que invitarnos al optimismo. En la condición base un 35% de personas desobedecieron en algún momento del experimento, y a pesar de que en la condición de colaborador sólo lo hicieron un 7,5% y en la réplica holandesa un 9%; al menos alguien desobedeció. Por lo tanto, también podemos leer el experimento como una lección sobre las condiciones necesarias para la resistencia.

Un individuo solo enfrentado a un experimentador muy consistente, simplemente no es un individuo. En cambio, si hay otras personas que definen una posible resistencia el experimentador pierde consistencia y se puede redefinir la situación. De forma que ni la obediencia ni la resistencia son, de hecho, procesos individuales. Ambas acciones requieren una situación que tiene que ser definida colectivamente.

Dos ejemplos para acabar. François Rochat y André Modigliani (1995) estudiaron la resistencia a colaborar con el gobierno pronazi de un pueblo francés. Consideran que a pesar de la apariencia heroica de esta resistencia que consiguió salvar la vida de miles de personas perseguidas, la realidad fue basta diferente. El pueblo no se diferenciaba en nada de los pueblos vecinos y la resistencia fue el resultado de una serie de acciones que emprendieron algunos habitantes y la respuesta del gobierno francés. Simplemente, resistir fue tan normal como obedecer para la mayoría de los franceses. De la misma manera que obedecer no es cuestión de sádicos, resistir tampoco es cuestión de héroes ni de santos.

Haristos-Fatouros (1988) explica que después de estudiar cuidadosamente los programas de entrenamiento de la policía militar griega, la cual torturó cientos de detenidos durante la dictadura de los coroneles (entre 1967 y 1974), llegó a la conclusión de que si se aplican los procedimientos de enseñanza adecuados en las circunstancias apropiadas cualquier persona es un torturador potencial.

Hanna Arendt en su famoso libro Eichmann en Jerusalén describió con horror lo que había visto en el juicio a este nazi que tuvo lugar el 1961. Una persona “normal” había podido cometer los peores crímenes y ella lo definió como “the banality of evil“, es decir, que la maldad es lo más corriente, vulgar podríamos decir incluso. Tenía toda la razón, pero tampoco hace falta olvidar que la bondad es igual de corriente y de banal, y es que, en definitiva, no se trata de diferencias personales sino sociales. La bondad o la maldad pueden aparecer de manera normal y corriente y la pueden ejercer las mismas personas normales y corrientes. Aquello que hace falta estudiar no es, por lo tanto, las personas que participan sino los momentos y las circunstancias en las cuales aparecen.

La definición de la situación incluye también si en su interior habrá individuos o no y cuál será el comportamiento de estos individuos según los roles que les asigne y de las normas que marque. Pero no arruguéis la nariz, porque esta última frase, aunque lo parezca, no es determinista. No olvidéis nunca que son las personas las que definen las situaciones, las que aportan el significado, y que, por lo tanto, toda situación es permanentemente negociable y modificable. La sociedad, los grupos, la historia, no son otra cosa que vosotros mismos, y no existen sino es por medio vuestro. Somos, por lo tanto, nosotros (y fijaos que decimos “nosotros” y no “yo” o “tú”) quienes, en definitiva y aunque sea realmente difícil, tenemos la última palabra sobre la realidad de las cosas y de la vida, de las palabras y los objetos, de los pensamientos y las emociones, de las relaciones al fin y al cabo. Este es la gran ventaja que aporta la psicología social respecto de otras comprensiones de la psicología que sí son deterministas al situar el origen del comportamiento en instancias no controlables por las personas, sean estas su pasado o los genes.

Con respecto al método, muchos psicólogos sociales han abandonado ya los experimentos de laboratorio. Estos experimentos fueron necesarios en un momento en que en psicología no se podía hablar de ninguna otra manera, un momento en el cual actuar fuera de los rígidos márgenes de la ciencia entendida dogmáticamente era problemático si uno quería hacer investigación. Ahora, a pesar de que todavía es así a menudo, hay otras posibilidades que permiten ir a estudiar los procesos de influencia y de resistencia allá donde tienen lugar, mediante estudios etnográficos, análisis del discurso o de otras metodologías cualitativas. O incluso simplemente reflexionar sobre éstos como hemos hecho en este tema. Estudiar procesos psicosociales es un trabajo tan necesario como inacabable, precisamente porque las situaciones cambian constantemente.

La belleza de la psicología social reside en su gran capacidad descriptiva más que en su habilidad explicativa. Demasiados años de experimentalismo estrecho y mal entendido, centrado en la búsqueda obsesiva de la causa, han dañado una disciplina que siempre se ha caracterizado por su impresionante intuición sobre el funcionamiento de la vida cotidiana en sociedad. Lo que habéis visto en este tema han sido algunos de los experimentos fundamentales de la psicología social, y creo que no exagero si afirmo que son admirables. Pero la búsqueda de la causa final, única e invariante, ha acabado en abuso de factores explicativos simplistas, como pueden ser la necesidad de autoestima o la búsqueda de una identidad social positiva, y lamentablemente ha olvidado los factores culturales y históricos, aportaciones de disciplinas tan fundamentales como son la antropología y la historia.

Quizás si la preocupación por la explicación se sustituye, tal como propone el construccionismo social, por un afán de comprensión, si la obsesión para la objetividad se vuelve en un reconocimiento del papel de la interpretación, y si la metáfora del “mundo interior” que cada persona tiene se cambia por otra metáfora menos individualista, entonces la psicología social tendrá un lugar entre las otras ciencias sociales y humanas a la altura que sus increíbles descripciones de la conducta humana se merecen.


[1] Texto extraído y adaptado del material de estudio de la asignatura Psicología Social, impartida en la carrera de Psicología de la UOC. (Utilización exclusivamente escolar para los alumnos usuarios de este blog)

Versión para imprimir