16. La Psicología Social

1. El origen de la Psicología Social [1]

En 1927, un equipo de psicólogos de la Universidad de Har­vard, dirigido por Elton Mayo, era llamado por los dirigen­tes de la «Western Electric Company» (talleres que emplea­ban 29.000 obreros en la fabricación de material telefónico) para resolver una serie de problemas relacionados con el rendimiento de la producción.

La investigación –que iba a durar doce años– comenzó por la observación de un equipo de cinco obreras que fueron aisladas de sus compañeras y situadas en un taller experi­mental. Un equipo de observadores siguió su conducta du­rante cinco años, con el objeto de controlar todos los posi­bles factores que podían influir en el rendimiento del trabajo: se medía la temperatura y la humedad de la habitación, los horarios de trabajo, su cadencia, el estado médico de las obreras, la iluminación, los ruidos; se tenía en cuenta el clima exterior, las relaciones familiares, etc.

La experimentación se inició con el aumento de la inten­sidad de la iluminación y el rendimiento creció. Eliminaron los ruidos inútiles, se instaló una música de fondo y el rendi­miento creció de nuevo. Subieron los salarios y también au­mentó. Se obtuvieron los mismos resultados con la disminu­ción de las horas de trabajo, la introducción de pausas, etc. Luego, un día, se volvió bruscamente a las condiciones nor­males de trabajo, pero el rendimiento de las cinco obreras siguió siendo superior al inicial. Era, pues, necesario encon­trar un factor que hasta entonces no hubiese sido tomado en cuenta. Este factor resultó ser la existencia de un grupo. Se había creado entre ellas un clima, una red de buenas relacio­nes interpersonales que facilitaban su trabajo. Y era esa red de relaciones «informales», no previstas oficialmente, la que en realidad desempeñaba un papel más positivo.

Puede decirse que con esta experiencia se había inaugurado la psicología social contemporánea, que de ella iba a he­redar el espíritu y los métodos de trabajo. Sin duda, ante­riormente se había advertido ya la importancia que tienen los factores sociales en el desarrollo de la personalidad y en la actividad del individuo. En 1908, el inglés W. Mc. Dougall había publicado una obra en la que exponía sus teorías sobre el origen instintivo de las conductas sociales; pero también Aristóteles había definido al hombre como un zoon politikon (animal político). Tendremos que esperar, sin embargo, los años treinta y los nombres de Lewin y Moreno para ver introducir el método experimental de una manera rigurosa en esta disciplina.

2. Actitud, Rol y Status

Aparte los trabajos de Lewin y Moreno, los estudios se han centrado alrededor de las nociones de actitud y de rol (papel). En 1934 se publicó la obra póstuma de Georges Her­bert Mead -Mind, Self and Society-, en la que se inspirarían numerosos investigadores. Mead piensa que la personalidad de un individuo es, en el fondo, «un sistema de actitudes interiorizadas» y considera que su conducta viene determi­nada por los roles que representa desde la infancia, libre­mente primero, y luego de acuerdo con el juego reglamen­tado que le impone la vida social.

Se entiende por actitud, en psicología social, la predispo­sición adquirida y permanente que lleva a un individuo a actuar en un cierto sentido frente a cualquier situación. La presión del grupo social influye en la personalidad del indi­viduo, que adopta actitudes más o menos favorables ante ciertos objetos, personas o situaciones. Se puede tener una actitud, positiva o negativa, con respecto a una etnia (racis­ta, antisemítica), a un país (pro o antifrancesa), a un grupo social (antiburguesa), a una idea (librecambista), a un produc­to (favorable a tal o cual marca de coche), etc.

Cuando comparamos la conducta de individuos pertene­cientes a civilizaciones diferentes, la explicamos generalmen­te a través de nociones como las de cultura, costumbres, etc. Pero cuando se observa una diferencia de comportamientos dentro de una misma sociedad, debemos remitirnos a sus diversas funciones sociales y al lugar que ocupan en ella. Estas últimas determinan el rol que desempeña un indi­viduo en esa sociedad y, al mismo tiempo, el status que tiene, noción inseparable da la primera.

El status es el conjunto de comportamientos que al­guien puede esperar que los demás tengan respecto a él, mien­tras que el rol es el conjunto de comportamientos que los demás pueden esperar legítimamente de él. Por ejemplo, los deberes de un hijo para con sus padres determinan el rol de hijo, mientras que sus derechos, es decir, las obligacio­nes que los padres tienen respecto a él, determinan el status del hijo. Así, muchos estatutos y papeles son comple­mentarios: marido-esposa, enfermo-médico, comprador-ven­dedor, jefe-subordinado, etc. El sistema social puede verse, pues, como un sistema de estatutos y papeles. El hecho de que un grupo social funcione normalmente, deja suponer que, en conjunto, los diversos status son compatibles entre sí, y que no hay desequilibrios exagerados entre los status y los roles.

Pueden distinguirse, por otra parte, dos tipos de status: el prescrito, dado al individuo, del que no saldrá haga lo que haga (por ejemplo, su sexo, su edad, etc.) ; y los status adquiridos, a los que, en una medida más o menos importante según las sociedades, un individuo podrá acce­der por su esfuerzo o por la suerte que haya tenido.

Es necesario subrayar el hecho de que una persona no  desempeña normalmente un solo rol en la vida social. Ello ha sido objeto de análisis por parte de los psicopatólogos, que han visto en la multiplicidad de roles a desempeñar, una fuente de desequilibrio psíquico. Cuando un individuo se ve obligado a representar diferentes papeles y éstos son contradictorios a incompatibles entre sí (jefe autoritario, ­marido sumiso), puede verse afectado por esa disociación de su personalidad y presentar síntomas de angustia o de cansancio nervioso.

Finalmente, hay que resaltar la existencia en muchas sociedades de un estatuto especial: el de anormal o atípico. La teoría sociológica americana ha llegado a verdaderas aberraciones en el tema, clasificando bajo este status a indivi­duos absolutamente heterogéneos, aunque considerándolos a todos «asociales», sin más: el delincuente, el negro, el co­munista, el artista, el hippy, el neurótico, etc.

3. Objeto de estudio de la Psicología Social: el Grupo

El objeto de estudio específico de la psicología social es el grupo. Los dos investigadores más importantes de esta rama de la psicología –Lewin y Moreno– han centrado sus tra­bajos sobre esta noción; el primero, desde un punto de vista dinámico; el segundo, con una perspectiva estructural. Un grupo está constituido por un conjunto de personas entre las que existen interrelaciones y que se han reunido por ra­zones diversas: la vida familiar, una actividad cultural o profesional, política o deportiva, la amistad o la religión… Todos estos grupos –talleres, equipos, clubs, partidos– pa­recen funcionar según un proceso aparentemente común a todos ellos, pero normalmente no tenemos una conciencia cla­ra de las leyes de su funcionamiento interno. ¿Cuáles son esas leyes? En un equipo de trabajo, por ejemplo, sea cual fuere la tarea a realizar, los principales factores del funcionamiento son una finalidad u objetivo, en principio común; un sistema de participación y de comunicación que puede tomar diversas modalidades y un sistema de dirección o de animación del grupo. El análisis sistemático y científico de la dinámica de los grupos es la investigación que llevó a cabo K. Lewin.

a) La dinámica de grupos

Psicólogo alemán de formación gestaltista, Kurt Lewin (1890­1947) se había dedicado, antes de emigrar a los EE. UU., al estudio de temas de psicología general, tales como la volun­tad, la percepción, la asociación mental, etc. Influido por el clima de las investigaciones americanas, se interesó por un nuevo tipo de problemas: la interacción del individuo y el medio, y más concretamente, el funcionamiento de los grupos.

Lewin ve en el grupo el centro de un campo psicológico –y socialen donde se manifiestan toda una serie de fuerzas físicas, biológicas, sociológicas y psicológicas (conscien­tes o inconscientes) que por su interacción determinan el comportamiento del grupo. Este último, por esas constantes interacciones entre los individuos que lo componen y el medio que los rodea, es la sede de incesantes transformacio­nes. Lewin toma, para la descripción de ese campo social, términos pertenecientes a la física, como dirección, vector, sentido, magnitud, distancia, movilidad, fluidez, cohesión, et­cétera. La movilidad de un grupo, por ejemplo, estará en función de su magnitud, de la cohesión que haya entre sus miembros, de la fuerza de las presiones externas que sufra contrarias al sentido de su marcha, etc. Tales ideas se pueden expresar por medio de gráficos más o menos complicados.



Un aspecto importante de la dinámica de grupos son los sistemas de comunicación interna. Según la estructura que tomen, la cohesión, la capacidad operativa, la adaptabilidad serán más o menos grandes. Según el tipo de trabajo a reali­zar, podrá ser más interesante la adopción de un tipo espe­cífico de comunicación. Un comando de ataque no precisa la misma estructura (especialmente rígida y centralizada) que un grupo de investigadores en un laboratorio de física (que deben cooperar dentro de un sistema «flexible»). Por otra parte, desde una perspectiva inversa, es muy útil ana­lizar las redes de comunicación que un grupo ha creado es­pontáneamente para determinar su estructura profunda.

Una red “en estrella”, por ejemplo, denota generalmente la existencia de un líder que dirige el grupo.



b) El liderazgo

Este tipo de investigaciones llevaron a Lewin a intere­sarse por el problema del líder. La concepción generalmen­te admitida del jefe corresponde más a un estereotipo so­cial (competente, decidido, autoritario, de gran «persona­lidad», etc.), que a una realidad infinitamente más sutil y compleja. Ciertamente no hay un solo tipo de líder, sino una multitud, determinado cada uno por las características específicas de su grupo: unidad de combate, equipo de tra­bajo, grupo de niños, de mujeres, etc. Bajo la influencia de Lewin, el interés se desplazó de la personalidad del dirigente al grupo y a su dinámica interna. El mando ya no es un fe­nómeno individual, sino el resultado de interacciones so­ciales, no tanto de los factores personales como de la tarea a realizar, de la estructura y de las redes de comunicación propias del grupo. Ya hemos visto que experimentando sobre pequeños grupos la posición de un sujeto en el sistema de comunicaciones podía determinar su función de líder. En una red en estrella es el sujeto central quien desempeña ese papel, ya que es quien recibe y transmite un mayor número de informaciones.

Habitualmente, en un grupo no institucionalizado se asiste a la emergencia de dos líderes, que son adoptados, uno por sus ideas y su eficacia, el otro por sus cualidades humanas y su encanto personal. Sus influencias se comple­tan, como en las monarquías constitucionales (el rey y el pri­mer ministro) o en las familias (el padre y la madre). El jefe se define menos por sus cualidades personales que por su papel social: es el que da al conjunto la cohesión necesa­ria para realizar los objetivos del grupo.

4. Moreno y la Sociometría

Psiquiatra de origen rumano emigrado a los EE. UU. después de un período de formación y de trabajo en Viena, J. L. Moreno (1892) nos interesa sobre todo por ser el fun­dador de la sociometría, del psicodrama y del sociodrama. La sociometría no es solamente un método de medición de los fenómenos sociales –como su nombre indica–, sino, más exactamente, el «estudio de los modelos de interaccio­nes espontáneas entre los hombres». Intenta elaborar una «geografía psicológica de los grupos», explorando su estruc­tura afectiva, que representa gráficamente por medio de un sociograma. Las técnicas sociométricas tienden, pues, a ana­lizar, por debajo de las apariencias externas, las interaccio­nes que se producen entre un grupo de individuos, fundán­dose esencialmente en las nociones de «átomo social», «red» y «tele». El término de átomo social designa a un individuo en tanto que constituye el núcleo donde se centran las atrac­ciones y los rechazos recíprocos, es decir, como la más pe­queña estructura social. La noción de red se aplica a las cadenas de interrelaciones que constituyen los átomos so­ciales, es decir, la estructura compleja del grupo. Se entien­de por tele las corrientes afectivas que constituyen los áto­mos sociales y las redes.

El test sociométrico consistirá en pedir a los individuos que expresen, en secreto, sus simpatías y sus antipatías, es decir, a quién eligen o rechazan con vistas a la realización de una tarea concreta. A partir de los resultados así obteni­dos, se puede proceder a un análisis del grupo, detectar los líderes, situar los rechazados, los subgrupos, las redes, etc. El sociograma es la representación gráfica de esta organización interna del grupo. Si observamos un ejemplo simple limitado a tres individuos que expresan su elección (trazo continuo) y su rechazo (trazo discontinuo), nos damos cuenta de que el número 1 podría ser el líder, mientras que el 3 es el rechazado del grupo.



Es necesario distinguir el sociograma del organigrama que es la representación gráfica de una estructura oficial: jerarquía de personas y de grupos en un hospital, una fá­brica, una escuela, etc. La exploración sociométrica revela aquí otras jerarquías, otros sistemas de poder y dependencia. Es raro que un organigrama y un sociograma coincidan: tal coincidencia, si fuese general, significaría que el sistema so­cial es enteramente aceptado y que es escogido por todos los miembros del grupo.

Tomemos un ejemplo un poco más complejo:



El organigrama no nos dice más que los individuos 1, 2 y 3 se encuentran subordinados a B, y 4, 5 y 6 a C. A su vez, B y C están a las órdenes de A. Ello no nos indica, sin embargo, si tal estructura corresponde a la realidad de las relaciones de trabajo y si es la más conveniente. Sabemos, por ejemplo, que el grupo formado por 1, 2, 3 – B produce mucho menos que el otro, pero no sabemos por qué. A partir del test sociométrico, podemos confeccionar un sociograma que nos indica lo siguiente:



A podría ser el patrón de su taller, B su hijo puesto en la dirección del subgrupo 1, 2, 3 y rechazado por todos, situa­ción que provoca una gran cohesión entre estos últimos. C, jefe del otro subgrupo, está en malas relaciones con A, por el favoritismo que éste ha mostrado con su hijo, lo cual le convierte en un líder querido por sus subordinados 4 y 5. El sujeto 6, que no está de acuerdo con la actitud de C, es rechazado por todo el subgrupo.

Aunque a primera vista no parezca evidente, la práctica en la dirección de grupos y en la elaboración de sociogramas muestra que es casi imposible determinar, mediante la sim­ple intuición y la observación, las redes que unen a los miembros de una colectividad cualquiera. Imaginemos un profesor que da clases por primera vez a un grupo de 40 niños, desconocidos para él. Quiere organizar un trabajo en equipo, y forma arbitrariamente 4 equipos de 10 personas. A los pocos días de clase empieza a notar ciertas resisten­cias: algunos equipos no avanzan en el trabajo; otros, por el contrario, trabajan bien, pero a costa de rechazar a algu­nos de sus componentes, etc. El profesor intenta indagar las causas de las dificultades, pero ni él ni los alumnos tienen una idea clara de los motivos del fracaso o, por lo me­nos, no los expresan abiertamente. Un sociograma pondría fácil y rápidamente de relieve las afinidades y los rechazos a partir de los cuales se podrían formar equipos cohesionados, entre los que reinaría un buen clima de trabajo. Al mismo tiempo revelaría quién es el líder o los líderes de la clase, y mostraría quiénes son los individuos rechaza­dos, informaciones siempre necesarias y útiles para quien dirige una colectividad que necesita organizarse para tra­bajar.

Puede completarse el sociograma con un test de «per­cepción sociométrica», cuestionario que constituye, en cier­to modo, el reverso del test sociométrico. Consiste en pedir a cada sujeto que nos diga por quién cree haber sido elegido o rechazado. Ello puede informarnos sobre la subjetividad que interviene en la percepción que cada cual tiene de su posición social en el grupo. Un individuo, por ejemplo, que crea ser rechazado por todo el mundo –mientras que el test revela lo contrario– nos dice mucho sobre su perso­nalidad. Es muy raro tener una conciencia clara de la pro­pia posición, y más aún que ésta se ajuste a la realidad.

La propia técnica sociométrica sugiere de inmediato una infinidad de aplicaciones posibles, no ya solamente con un fin analítico, sino desde una perspectiva de intervención activa. Ambos aspectos son prácticamente inseparables. Esta es una de las características de Moreno, que distinguió lo que él llamaba la «cold sociometry» (sociometría en frío) de la «hot sociometry» (sociometría en caliente). La primera supone una experimentación que no tiene forzosamente como fin la explotación de los resultados con vistas a la reestruc­turación de los grupos analizados, mientras que la «hot sociometry» se preocupa esencialmente por el aspecto tera­péutico. Moreno prefería la segunda, ya que consideraba inútil conocer la sociedad si no era para modificarla.

De acuerdo con esta visión, inventó dos técnicas tera­péuticas –el psicodrama y el sociodrama–basadas en las relaciones sociales de los individuos. El psicodrama es una psicoterapia que utiliza el juego dramático como medio de investigación psicológica, al mismo tiempo que da a los individuos ocasión de liberar sus impulsos espontáneos ex­presándolos libremente. Se reúne a uno o varios enfermos con diversos especialistas encargados de dirigir la expe­riencia. El tema de improvisación es escogido en común y los papeles son distribuidos por el enfermo. Este puede reproducir una escena del pasado, representar un proble­ma presente o prefigurar pruebas futuras. El observador atiende a la alternancia de los impulsos espontáneos y las reacciones estereotipadas inspiradas por los prejuicios del medio, la adaptación variable a las situaciones ofrecidas, etcétera, índices que orientan la dirección de la terapia. Des­pués de la representación se provoca una discusión final, en la que las actitudes son explicadas, para que el enfermo tome conciencia de los conflictos que acaba de expresar libre­mente. Las modalidades del psicodrama varían según los casos. El propio psicoterapeuta puede encarnar un perso­naje para facilitar la transferencia del enfermo. Los papeles a veces se invierten, y el enfermo encarga a otro protagonista la representación de su propio personaje.

El socio drama es la aplicación de la técnica del psico­drama no ya a individuos aislados, sino a una colectividad. Una parte del grupo representa ciertos papeles ante los demás, de forma que se llega a reducir las tensiones intra­grupales.

Las primeras investigaciones en psicología social aplicada nacieron de necesidades profesionales. Se remontan a las experiencias de Mayo en 1927 en la Western Electric Co. Desde entonces, y dejando aparte la intensiva aplicación a la psicología industrial de los resultados obtenidos, los trabajos de psicosociología se han ido centrando en tres objetos de investigación, que son los temas más estudiados actualmente: los “mass media” (medios de comunicación de masa), la publicidad y las encuestas de opinión pública.


[1] Texto extraído y adaptado de: García Pleyán, C. (1982) Psicología hoy, p. 139, Barcelona: Ed. Teide.

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