15. Cognitivismo y Humanismo

I. Perspectiva cognitiva

Para el teórico cognitivo, las diferencias de perso­nalidad surgen de las diversas formas en que los indi­viduos representan mentalmente la información. La teoría del aprendizaje social tiene sus raíces en las primeras teorías conductistas, pero cuando ésta fue presentada por primera vez se consideró una desvia­ción radical del conductismo. La perspectiva del apren­dizaje social queda bien resumida en esta frase de Al­bert Bandura: «Las probabilidades de supervivencia serían francamente pequeñas si sólo pudiéramos aprender de las consecuencias del ensayo y error. No se enseña a los niños a nadar, a los jóvenes a conducir y a los estudiantes de medicina a operar haciéndoles des­cubrir la conducta necesaria en cada caso a partir de las consecuencias de sus éxitos y fracasos» (1986, p. 20). Según los teóricos del aprendizaje social, los pro­cesos cognitivos internos influyen en la conducta, tanto como la observación de las conductas ajenas y del en­torno en el que se desarrolla la conducta.

Bandura, uno de los teóricos más destacados de la actualidad en esta área, ha llevado este enfoque aún más lejos, desarrollando lo que él denomina la teoría socio-cognitiva. Su teoría destaca el de­terminismo recíproco, en el que los determinantes externos de la conducta (como  las recompensas y los castigos) y los determinantes internos (como las creen­cias, pensamientos y expectativas) forman parte de un sistema de influencias que interactúan afectando a la conducta y a otras partes del sistema (Bandura, 1986). En el modelo de Bandura, no sólo el entorno afecta a la conducta, sino que también la conducta puede afec­tar al entorno. De hecho, la relación entre el entorno y la conducta es recíproca: el entorno influye en la conducta, y ésta a su vez afecta al tipo de entorno en el que se encuentra, que a su vez puede influir en la conducta, y así sucesivamente.

Según Bandura, las personas se valen de símbolos y previsiones para decidir cómo actuar. Cuando se en­frentan a un nuevo problema, imaginan posibles re­sultados y consideran la probabilidad de cada uno. A continuación, fijan y desarrollan estrategias para con­seguirlos. Esta noción difiere bastante de la de condi­cionamiento mediante recompensa y castigo aunque, obviamente, las experiencias pasadas del individuo con recompensas y castigos influyen en sus decisiones sobre conductas futuras.

Bandura también señala que la mayoría de las conductas se producen en ausencia de recompensas o castigos externos. La mayor parte de las conductas surge de procesos internos de autorregulación. En sus propias palabras: «Cualquier persona que intentara hacer de un pacifista un agresor o convertir en ateo a un religioso devoto, enseguida se daría cuenta de la existencia de fuentes personales en el control conduc­tual» (1977, pp. 128-129).

¿Cómo se desarrollan estas fuentes de control in­ternas y personales? Según Bandura y otros teóricos del aprendizaje social, las personas aprenden a compor­tarse observando la conducta ajena o leyendo u oyendo algo sobre ella. No es necesario llevar realmente a cabo las conductas observadas; basta con observar si dichas conductas han sido recompensadas o castigadas, y al­macenar dicha información en la memoria. Cuando surgen nuevas situaciones, se puede actuar en función de las expectativas acumula­das sobre la base de la observación de modelos.

Así, la teoría socio-cognitiva de Bandura va más allá del conductismo clásico. En lugar de centrarse únicamente en cómo el entorno afecta a la conducta, examina las interacciones entre el entorno, la con­ducta y las cogniciones del individuo. Además de tener en cuenta influencias externas como los castigos y re­compensas, considera factores internos, tales como las expectativas. Y en lugar de explicar la conducta sim­plemente en términos de condicionamiento, subraya el papel del aprendizaje por observación.

Otro destacado teórico del aprendizaje social, Walter Mischel, ha pretendido incorporar diferencias individuales a la teoría del aprendizaje social, intro­duciendo el siguiente grupo de variables cognitivas:

  1. Competencias: ¿Qué sabe hacer la persona? Las competencias incluyen aptitudes intelectuales, ha­bilidades sociales y físicas, y otras capacidades es­peciales.
  2. Estrategias codificadas: ¿Cómo lo ve? Las perso­nas difieren en la forma en que seleccionan la in­formación, codifican (representan) sucesos, y agrupan la información en categorías con significado. Un suceso que una persona percibe como amenazador para otra puede suponer un reto.
  3. Expectativas: ¿Qué ocurrirá? Las expectativas so­bre las consecuencias de diferentes conductas guiarán la elección de conducta del individuo. ¿Qué puede pasar cuando una persona copia en un examen y le pillan? Si alguien le dice a un amigo lo que realmente piensa de él, ¿qué pasará con la relación? Las expectativas sobre las pro­pias aptitudes también influyen en la conducta: uno puede ser capaz de anticipar las consecuen­cias de una conducta determinada pero no actuar por no estar seguro de su capacidad para desarro­llar dicha conducta.
  4. Valores subjetivos: ¿Merece la pena? Los indivi­duos con expectativas similares pueden compor­tarse de forma diferente porque asignan un valor distinto al resultado. Dos estudiantes pueden es­perar que determinada conducta agrade a su pro­fesor; sin embargo, este resultado puede ser im­portante para uno de ellos pero no para el otro.
  5. Sistemas y planes auto-reguladores: ¿Cómo conse­guirlo? Las personas difieren en los parámetros y normas que utilizan para regular su conducta (in­cluyendo las recompensas o castigos auto-impues­tos para el éxito o el fracaso respectivamente), así como en su capacidad de hacer planes realistas para lograr un objetivo.

Todas estas variables personales (a veces denomi­nadas variables cognitivas personales de aprendizaje social) interactúan con las condiciones de una situa­ción particular para determinar lo que hará el indivi­duo en dicha situación.


II. Perspectiva humanista

En la primera mitad del siglo XX, los enfoques psicoa­nalítico y conductista fueron los que predominaron en psicología. Sin embargo, en 1962, un grupo de psi­cólogos fundó la Asociación de Psicología Humanista. Para ellos, la psicología humanista era como una «ter­cera fuerza», una alternativa a los otros dos enfoques. Para definir su objetivo, la asociación adoptó cuatro principios:

  1. Lo principal es la persona. El in­dividuo no es un mero objeto de estudio. Éste tiene que ser descrito y entendido en términos de su propia visión subjetiva del mundo, las percep­ciones de sí mismo, de sus sentimientos y de sus valores. La pregunta central que debe plantearse a cada per­sona es “¿Quién soy?”. Para investigar sobre cómo trata el individuo de responder a esta pregunta, el psi­cólogo debe convertirse en compañero de dicha persona.
  2. La autorreali­zación de las personas es el principal tema de investigación. Las personas no sólo están motivadas por impul­sos básicos como el sexo o la agresión, o necesi­dades fisiológicas como el hambre y la sed. Sien­ten la necesidad de desarrollar sus potenciales y aptitudes. El crecimiento y la autorrealización de­berían ser los criterios para medir la salud psico­lógica, y no solamente el control del yo o la adap­tación al entorno.
  3. La relevancia de los problemas a investigar debe preceder a su objetividad. Los psicólogos humanistas sostienen que se deberían estudiar los problemas humanos y sociales más im­portantes, aunque esto a veces signifique adoptar métodos menos rigurosos. Y mientras que los psi­cólogos deberían luchar por ser objetivos a la hora de recopilar e interpretar observaciones, en cuanto a la elección de los temas de investigación podrían y deberían estar guiados por una serie de valores. En este sen­tido, la investigación no está desprovista de valores.
  4. La dignidad de la per­sona es el valor fundamental. La gente es básicamente buena. El objetivo de la psicología es comprender a las personas, no predecirlas ni controlarlas.

Los psicólogos que comparten estos principios pro­ceden de diversas formaciones teóricas. Por ejemplo, el teórico de rasgos Gordon Allport era también psicólogo humanista, y ya se ha dicho que algunos psi­coanalistas, como Carl Jung, Alfred Adler y Erik Erik­son, tenían opiniones humanistas de la motivación que divergían de las de Freud. Pero las teorías de Carl Rogers y Abraham Maslow son las que componen el núcleo del movimiento humanista.

a) Carl Rogers

A1 igual que Freud, Carl Rogers (1902-1987) basó su teoría en la labor con los pacientes de una clínica. Rogers quedó impre­sionado con lo que él consideraba que era una ten­dencia innata del individuo a dirigir sus acciones hacia el crecimiento, la madurez y el cambio positivo. Es­taba convencido de que la fuerza básica que motiva al ser humano es la tendencia a la realización, una ten­dencia hacia la satisfacción o realización de todas las aptitudes de la persona. Un cuerpo en crecimiento in­tenta satisfacer su potencial dentro de los límites de su herencia. Es posible que la persona no siempre perciba con claridad qué acciones llevan al crecimiento y cuá­les no. Pero una vez que el camino está claro, el indi­viduo elige crecer. Rogers no negaba que hay otras ne­cesidades, algunas de ellas biológicas, pero para él éstas estaban al servicio de la motivación del cuerpo por mejorar.

La creencia de Rogers en la primacía de la realiza­ción constituye la base de su terapia no directiva o cen­trada en el cliente. Este método de psicoterapia supone que todo individuo posee la motivación y la capacidad de cambiar, y que el propio individuo es el más indi­cado para decidir qué dirección debe tomar dicho cambio. Al terapeuta le corresponde actuar como una caja de resonancia mientras el cliente explora y analiza sus problemas. Este enfoque difiere de la terapia psi­coanalítica, en la que el terapeuta analiza el historial del paciente para determinar el problema e idear un curso de acción para remediarlo.

EL YO

El concepto central en la teoría de la perso­nalidad de Rogers es el Yo, o auto-concepto. El Yo (o yo real) se compone de todas las ideas, percepciones y valores que caracterizan al individuo; incluye la conciencia de «lo que soy» y «lo que puedo hacer». Este yo perci­bido, a su vez, influye tanto en la percepción personal del mundo, como en la propia conducta.

Cuantas más áreas de la experiencia niegue la per­sona por no ser coherentes con su auto-concepto, ma­yor será la brecha entre el yo y la realidad, y mayor el potencial de inadaptación. Aquellos individuos cuyos auto-conceptos no se corresponden con sus sentimien­tos y experiencias deben defenderse contra la verdad porque la verdad provoca ansiedad. Si la brecha se hace demasiado grande, las defensas de la persona pueden acabar por caerse, provocando ansiedad grave u otras formas de perturbación emocional. Una per­sona bien adaptada, por el contrario, tiene un auto-­concepto coherente con sus pensamientos, experien­cias y conductas; el yo no es rígido sino flexible, y puede cambiar a medida que asimila nuevas experien­cias e ideas.

Rogers también postuló que cada persona tiene un yo ideal, la concepción del tipo de persona que le gustaría ser. Cuanto más se parezca el yo ideal al real, más satisfecho y feliz se siente el individuo. Una gran discrepancia entre el yo ideal y el real da lugar a una persona infeliz e insatisfecha.

Así, se pueden dar dos tipos de inconsistencia: en­tre el yo y las experiencias de la realidad, y entre el yo real y el ideal. Rogers propuso algunas hipótesis sobre cómo se pueden desarrollar dichas inconsistencias. Concretamente, Rogers creía que las personas suelen funcionar con mayor efectividad cuando se ha criado percibiendo una aceptación positiva incondicional, es decir, con la sensación de ser valorada por sus padres y los demás, incluso cuando sus sentimientos, actitu­des y conductas no son los ideales. Si la aceptación po­sitiva que ofrecen los padres es condicional –es decir, sólo valoran al niño cuando éste se comporta, piensa o siente correctamente–, lo más probable es que el auto-concepto del niño se vea distorsionado.

b) Abraham Maslow

La psicología de Abraham Maslow (1908-1970) se solapa con la de Carl Rogers en diversos aspectos. Maslow se sintió inicialmente atraído por el conductismo y realizó estudios de sexualidad y dominancia en los primates. Ya se estaba alejando del conductismo cuando nació su primer hijo, tras lo cual afirmó que ninguna persona que observe a un bebé puede ser conductista. Estuvo influido por el psicoanálisis pero terminó por no estar de acuerdo con su teoría de la motivación y desarrolló su propia teoría. Concreta­mente, postuló la existencia de una jerarquía de nece­sidades que, en sentido ascendente, parte de las nece­sidades biológicas básicas hasta llegar a las motivaciones psicológicas más complejas que sólo ad­quieren importancia cuando se han satisfecho las ne­cesidades básicas. Las nece­sidades de un nivel se deben satisfacer al menos y parcialmente antes de que las del siguiente nivel se conviertan en motivadores importantes de acción. Cuando es difícil obtener comida y seguridad, los esfuerzos para satisfacer dichas necesidades dominarán las acciones de una persona, y los motivos de los ni­veles superiores carecen de importancia. Sólo cuando se pueden satisfacer fácilmente las necesidades bási­cas, el individuo tendrá tiempo y energía para dedi­carse a intereses estéticos e intelectuales. Los logros artísticos y científicos no florecen en aquellas socieda­des en las que la gente tiene que luchar para conseguir comida y techo, y estar a salvo. El motivo del nivel más alto, la autorrealización, sólo se puede satisfacer cuando se han satisfecho la totalidad de las necesidades anteriores.

AUTORREALIZACIÓN

A continuación se enumeran las cualidades personales que, según Maslow, caracterizan a las personas auto­-realizadas, así como las conductas que considera im­portantes para el desarrollo de la autorrealización.

Características de las personas auto-realizadas:

  • Perciben la realidad con eficacia y toleran la incertidumbre.
  • Se aceptan a sí mismos y a los demás tal como son.
  • Espontáneos en el pensamiento y la conducta.
  • Centrados en los problemas, no en sí mismos.
  • Poseen un buen sentido del humor.
  • Muy creativos.
  • Se resisten a la enculturación, aunque no son intenciona­damente rebeldes.
  • Preocupados por el bien de la humanidad.
  • Capaces de disfrutar profundamente de las experiencias básicas de la vida.
  • Establecen relaciones interpersonales profundas y satisfac­torias con unos pocos, en lugar de con muchas personas.
  • Capaces de ver la vida con objetividad.

Conductas que llevan a la autorrealización

  • Experimentar la vida como los niños, con gran concentra­ción y observándolo todo.
  • Probar cosas nuevas en lugar de limitarse a seguir el ca­mino más seguro y menas arriesgado.
  • Hacer caso de los propios sentimientos a la hora de eva­luar las experiencias, en lugar de a la voz de la tradición o de la mayoría.
  • Ser sincero; evitar las pretensiones o «jugar a un doble juego».
  • Estar preparado para no ser popular si las opiniones de uno no coinciden con las de la mayoría.
  • Asumir responsabilidades.
  • Esforzarse en todo lo que se decida hacer.
  • Intentar identificar las propias defensas y tener el valor de renunciar a ellas.

c) Análisis humanista de la naturaleza humana

En lo que respecta a los principios, los psicólogos hu­manistas han sido bastante explícitos sobre los princi­pios que subyacen a su enfoque de la personalidad hu­mana. Los cuatro principios postulados por la Asociación de Psicología Humanista anteriormente resumidos, establecen grandes contrastes entre el aná­lisis humanista de la personalidad humana y los perfi­lados por los enfoques psicoanalítico y conductista.

La mayoría de los psicólogos humanistas no po­nen en duda que las variables biológicas y ambienta­les pueden influir en la conducta, pero resaltan el pa­pel del propio individuo a la hora de definir y crear su destino, y restan importancia al determinismo carac­terístico de los otros enfoques. En su opinión, los in­dividuos son básicamente buenos, luchan por crecer y por lograr la autorrealización. También son modifica­bles y activos. Los psicólogos humanistas tienen un criterio especialmente alto de la salud psicológica. El mero control del yo o la adaptación al entorno no son suficientes; sólo de un individuo que avanza hacia la autorrealización puede decirse que está psicológica­mente sano. Dicho de otro modo, la salud psicológica es un proceso, no un estado.

Estas suposiciones tienen implicaciones políticas. Desde la perspectiva de la psicología humanista, todo aquello que retrase la satisfacción del potencial del in­dividuo, es decir, todo lo que impida al ser humano llegar a convertirse en todo lo que pueda ser, debería ponerse en tela de juicio. Por ejemplo, si en los años cincuenta las mujeres eran felices y se sentían bien con los roles sexuales tradicionales, el criterio de salud psi­cológica definido por el conductismo quedaba satisfe­cho. Pero desde el punto de vista humanista, confinar a todas las mujeres al mismo rol es indeseable, por muy apropiado que ese rol sea para algunas mujeres, porque evita que muchas de ellas desarrollen su má­ximo potencial. No es casualidad que la retórica de los movimientos de liberación (como el de liberación de la mujer y el movimiento gay) reflejen el lenguaje de la psicología humanista.

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